Si informamos que tiembla, que no nos tiemble la voz.

Post redactado por Horacio Portela.
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Mientras todo se mueve en Chile por culpa de uno de los mayores sismos de la historia (8.8-Mw), en una tectónica marabunta de noticias los canales de cable argentinos compiten desde la mañana de ayer sábado por informarnos sobre lo ocurrido… o sobre cualquier otra cosa que se les cruza por la cabeza. Lo importante es estirar, poner una y otra vez las mismas imágenes y, cada vez que se repiten, cambiar el enfoque o intentar decirle al espectador que “lo que ve ahora es distinto a lo que vio tres minutos antes”.

Los televidentes deberían renovarse, si es posible cada tres minutos. Así los muchachos de la isla de video no tendrían que molestarse por incluir imágenes nuevas sobre ese carrusel de calles rotas, autopistas colapsadas y edificios emulando a la famosa torre inclinada de Pizza.

En un canal escuchamos a una colega que nos cuenta que el terremoto de Chile fue mil veces más potente que el de Haití, y sólo cinco minutos después nos recuerda que el terremoto de Chile fue cincuenta veces más potente que el de Haití. Pensemos las cosas de otra manera…

La escala de Richter es una escala logarítmica que mide magnitudes de fuerzas, momentos (y me refiero a momentos de fuerzas y no a momentos agradables). O sea que para mucha gente esta escala creada para uso exclusivo en California no significa demasiado; en cambio la escala de Mercalli es un poco más “entendible” porque evalúa la intensidad del terremoto en base a los daños causados a estructuras.

Los problemas comienzan cuando confundimos ambos parámetros…

Un especialista informa por teléfono que el sismo alcanzó el grado 9 de Mercalli, y un periodista le comenta tranquilamente que en realidad fue de 8.8. Por lo visto, uno y otro hablan en distintas escalas… o idiomas.

En ciudades del país vecino como Talca o Concepción, el sismo llegó al 9 de Mercalli. Gracias a la Wikipedia podemos saber que un 9 indica: “ruinoso, pánico generalizado, daños considerables en estructuras especializadas, paredes fuera de plomo, grandes daños en importantes edificios, con colapsos parciales, edificios desplazados fuera de las bases”.

Pero, claro, un periodista “de turno sábado” sentado en el estudio de un canal de cable debe decir algo. Y lo primero que se le cruza por la cabeza es decir “Richter” pese a que esta escala NO es la que se usó para medir éste y otros sismos porque -insisto- la escala de Richter sólo se aplica en California.

En realidad la medición del terremoto en Chile se efectuó según la escala de Magnitud de Momento (Mw, la “w” es por “work” o sea “trabajo”) que, si bien es idéntica en valores, NO es la de Richter.

Por supuesto, para “estirar” coberturas, se emite opiniones como “es impresionante lo que sólo tres puntos más que en Haití pudieron hacer” o “no puede ser que siendo mucho más fuerte provocó menos destrozos”.

En realidad Haití y Chile sólo tienen en común la mediatización de sus desastres. No puede compararse un 7.0-Mw en el Caribe con un 8.8-Mw en Chile ni con el 9.2-Mw de Anchorage (1964) o el 9.6-Mw de Valdivia (1960). Pero claro, cuando un periodista repite varias veces que por suerte no hubo “tsunamis” aunque sí “olas gigantes”, uno se pregunta “¿qué es entonces una Tsunami?” (noten que escribo “una” y no “un” porque “ola” es femenino).

Esto me recuerda que la traducción literal de esta palabra japonesa es “gran ola en el puerto”, y que por Tsunami se conocen a todas las olas gigantes provocadas por sismos (existe otro tipo de ola gigante: la “Ola Fantasma», generada por un efecto de ampliación de ondas).

[ Ya que estamos…  A ver si dicen “la Tsunami» y no “el Tsunami», porque nadie habla de “la ola” en masculino ].

Y cambio de canal, y en TN el amigo Antoñana me sorprende con una comunicación telefónica que establece con una mujer en Hawaii. Svletana (ése es su nombre) informa que la alarma de Tsunami fue dada, y que la gente procederá tranquilamente a evacuar las zonas bajas. Al finalizar la llamada, el periodista dedica muchos segundos a resaltar “la sangre fría” de esta persona que no se inmuta ni desespera ante la situación.

El tema es que una alerta de Tsunami es algo habitual en Hawaii, algo para lo que la población está educada, o sea capacitada para enfrentar en forma correcta. Es muy probable que, luego de cortar la comunicación, en esa isla se haya desarrollado la siguiente conversación:

– ¿De dónde te llamaron?
– De Argentina
– ¿Argentina?
– Sí, un periodista que me preguntó por la alarma.
– No puedo creer que esa gente viva entre tantos robos. Tienen sangre fía…

En fin… mejor no teatralicemos porque da para mucho.

Mientras los canales de cable aseguran que lo de Chile “no creó caos porque no fue como Haití”, pero no aclaran que el PBI es más responsable de esta diferencia que las “fuerzas tectónicas” (eso sí: anuncian que -sic- “la tierra se abrió como un monstruo mitológico y se comió la parte delantera de una camioneta”), en mi hogar me encuentro con que nadie me escucha/responde cuando intento hablarle al televisor (¿para cuándo la TV 2.0?).

Mis reclamos insisten en pedir que informen bien, que no digan “lo primero que se les ocurre” porque eso es lo peor que pueden hacer.

Ante un desastre, el periodismo debería conocer la sutil diferencia que existe entre “informar” y “decir lo que sea”. Debería comprender el impacto causado en muchas personas que encienden el televisor porque les preocupa la integridad de algún familiar o de alguien allegado, y que se topan con imágenes y comentarios destinados a “llenar el bloque” y a reiterar muletillas como “el gobierno calcula 75 muertos pero seguramente habrá más”.

Ya sabemos que puede haber más, es muy probable. Pero hay una premisa, después de ocurrido un desastre, que consiste en no causar pánico ni comunicar desazón. Cuando un periodista argentino aclara que un ministro chileno “se queda corto con los muertos” está comunicando precisamente lo que no debería comunicar; simplemente aprovecha un anzuelo para mantener a la gente enganchada frente al televisor.

Se trata del mismo fenómeno que hace que los automovilistas pasen a muy baja velocidad cuando ven un accidente. Este “efecto” provoca el “cuello de tortuga” que hace que, al volver la vista al frente con nuestro morbo satisfecho, choquemos con algo delante nuestro y provoquemos más víctimas.

Creo que el periodismo debe evaluar qué rol asumir: el que los ejecutivos le imponen para aprovechar el pico de rating que “viene de arriba y con costo de producción cero”, o un ejercicio responsable y serio que consiste en consultar fuentes fiables y en evitar los comentarios basados en subjetividades o en cualquier artilugio “para estirar”. No por casualidad organizaciones como la Cruz Roja a través del Comité Internacional de la Cruz Roja suelen realizar cursos para corresponsales de guerra y en desastres con el fin de enseñarles a reconocer lo que no deben mostrar, lo que no deben decir y cómo deben informar para mitigar el sufrimiento humano.

Lo ocurrido en Chile es otra muestra de que los desastres antrópicos a los que estamos tan acostumbrados desde el famoso 9-11 no siempre serán motivo para calcular muertes. La naturaleza es la verdadera fuerza que promueve desastres de enorme magnitud, y estar preparados para comunicarlos es también parte de nuestra formación profesional.

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PD.  Recuerden…
No es un sismo en la escala de Richter; es “un sismo de tal magnitud”.