Del gueto francés… al argentino

En su libro Le ghetto français, el economista Eric Maurin describe a la sociedad francesa como marcada por un separatismo social generalizado que excede lo límites de los denominados «barrios difíciles». Salvando las grandes diferencias que existen entre la realidad del hexágono europeo y la nuestra, vale la pena repasar algunos párrafos del mencionado libro para aplicarlos al fenómeno de exclusión/marginación en Argentina.

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 En estos últimos años el territorio se impuso como revelador de las nuevas desigualdades. Les dio un lenguaje físico, por llamarlo de alguna manera: el de los barrios y «villas» donde se materializa brutalmente lo que las estadísticas apenas pueden describir.

 Sin embargo, la evidencia puede ser engañosa. El territorio exhibe ciertas formas de segregación pero disimula otras.

 Las líneas de demarcación de la miseria son infinitamente más espectaculares que las astucias para esquivarlas. Mientras la pobreza golpea, la inteligencia del entre-nosotros o el miedo a la condición desclasada, que son las pasiones motrices de la segregación, aparentan transparencia.

 La solución a este problema central consistiría en resolver las dificultades de algunos barrios o zonas debidamente registrados, que concentran a la mayoría de la población excluída. La «fractura social» se produciría entre una minoría representada por los casos extremos y el resto de la sociedad o, en otras palabras, entre una franja de excluídos y la masa informe de incluídos.

 Esta representación subestima ampliamente la extensión de una cuestión cuyas dificultades son más antiguas y más generales. Más antiguas, porque los indicadores de segregación territorial revelan una situación más o menos fija que data de quince o veinte años atrás. Más generales, porque esta segregación desborda considerablemente el problema particular de los guetos pobres que, por otra parte, ninguna política supo resolver.

 Naturalmente, los barrios sensibles deben seguir siendo asunto de preocupación, pero no son más que la cara más visible de la segregación.

 Las políticas habitacionales y de espacio urbano que desde hace veinte años pretenden (…) estimular el desarrollo de viviendas sociales o ayudas personalizadas quizás hayan atenuado algunos síntomas, pero nunca atacaron las causas íntimas de la segregación. Del mismo modo, las políticas a favor de los territorios menos favorecidos, como las zonas de educación prioritaria (ZEP) o las zonas francas, dejan mucho que desear.

 Si estos esfuerzos fueron en vano, es porque esencialmente combatieron las consecuencias visibles de la segregación. El problema es que son escasas las posibilidades de desintegrar el proceso de división territorial sin atacar el factor principal de ansiedad social que lo sostiene: la precocidad y la irreversibilidad de los mecanismos que tienden a encerrar a los indidivuos en destinos escritos con anticipación.

 En realidad no sólo buscamos espacios más «seguros», viviendas de calidad o equipos de proximidad. Ante todo, buscamos destinos, status, promesas de futuro. Cuando elegimos un lugar de residencia, también elegimos a nuestros vecinos y a los hijos de nuestros vecinos, aquéllos con los cuales crecerán los nuestros, aquéllos que se escolarizarán con los nuestros. Si ocurre esto, es porque creemos que la calidad del entorno social inmediato pesa -con todo su peso- sobre nuestro éxito o fracaso.

 Nuestros políticos deben girar hacia los individuos. Alcanzando al individuo, podremos transformar el territorio (y no al revés), y atenuar la ansiedad extraordinaria que padece la sociedad francesa. Para ello resulta imprescindible aplicar un principio: darles ventaja a los niños y adolescentes más desprovistos de recursos familiares.

 Creo en la necesidad de promover una escuela menos selectiva, menos ansiógena, con programas menos pesados y más concretos, en torno a los cuales podrían desarrollarse escolaridades obligatorias donde no se repita ni fracase. Los últimos años de la primaria/primeros de la secundaria son la etapa donde ocurren las relegaciones más definitivas y las humillaciones más incisivas, donde se producen distancias irremediables entre los individuos contenidos y preparados por su entorno social y aquéllos que no lo están.

 Suspender la selección precoz y promover una educación que sea verdaderamente «para todos» apuntaría a la adquisición de una cultura común para cada categoría de edad, cultura discutida y definida por el conjunto de la sociedad y no sólo por especialistas de cada disciplina.