Los Oscar causan estrés

A la larga muchos terminamos entrando por la variante pero igual los meses, semanas, días previos (también los posteriores) a la entrega de los Oscar nos resultan estresantes. Primero debemos transitar la antesala de los Golden Globes; después nos toca enfrentar la vorágine de especulaciones sobre candidatos, finalistas, favoritos, desahuciados; en tercer lugar toleramos los preparativos de una ceremonia reeditada hasta el hartazgo; por último asistimos al (a veces participamos en el) cruce de opiniones sobre la pertinencia de las distinciones.

Este evento anual exige atención, preparación, dedicación. Podemos ignorarlo, resistirlo, criticarlo (hemos hecho algo de eso en 2007 y 2008), y sin embargo en algún momento flaqueamos y nos prendemos al juego. Nos esforzamos por ver la mayor cantidad de films ternados, tratamos de reseñarlos cuanto antes, elaboramos diagnósticos y pronósticos, buscamos comentar, analizar, sentenciar con fundamento y conocimiento de causa.

La maquinaria alrededor de los Oscar abruma, más este año en que la Argentina vuelve a adquirir visibilidad cinematográfica ante Hollywood. Que ningún compatriota se atreva a ignorar, relativizar, cuestionar, negar la importancia de esta 86° ceremonia donde -pongámonos de pie- El secreto de sus ojos compite por el título de «mejor película extranjera».

La nominación nos retrotrae décadas atrás cuando La historia oficial obtuvo la estatuilla correspondiente a esa misma categoría. En aquel 1986, algunos concibieron la distinción como un gesto demagógico destinado a mostrar la supuesta sensibilidad de la Academia ante el drama de los desaparecidos y sus niños apropiados durante nuestra última dictadura militar.

Más acá en el tiempo, figura el antecedente de Un lugar en el mundo. En 1993, el film de Adolfo Aristarain no sólo perdió ante Indochina; también fue objeto de sorna por parte del conductor de la ceremonia Billy Crystal (perdonémoslo en nombre de Cuando Harry conoció a Sally).

¿Qué suerte correrá el largometraje de Juan José Campanella en este 2010? ¿Cuántas son sus chances de ganarle a La cinta blanca de Michael Haneke, director alemán con más renombre internacional pero con una filmografía poco afín al gusto hollywoodense? ¿Quizás la Academia sienta debilidad por (y prefiera premiar) el drama socio-político de la peruana Claudia Sosa, La teta asustada? ¿Existe alguna razón para temerles a Un profeta y a Ajami, o los films de Jacques Audiard y de Scandar Copti y Yaron Shani respectivamente serán descartados por la urticaria política-ideológica que puedan provocar sus retratos de la condición judía, árabe y palestina? 

Es un hecho. A la larga muchos cinéfilos y bloggers terminamos entrando por la variante pero igual los meses, semanas, días previos (también los posteriores) a la entrega de los Oscar nos resultan estresantes, casi insoportables.

———————————————————–
Fe de erratas
Faltó mencionar el otro antecedente argentino-oscariano por excelencia, y que también atañe a Campanella: la nominación de El hijo de la novia en 2001. En esa oportunidad, El último día de Danis Tanovic le ganó la estatuilla al título de Juan José, que protagonizaron Norma Aleandro, Ricardo Darín y Héctor Alterio.