Amor sin escalas

Amor sin escalas es el tercer largometraje que Jason Reitman estrena en Argentina después de las aquí reseñadas Gracias por fumar y La joven vida de Juno. Como sus antecesores, el film se presenta en tanto fábula crítica, irónica, lapidaria pero termina convirtiéndose en un cuento para niños sobre la importancia de los afectos. Repetida en el tiempo, la misma fórmula empeora la sensación de chasco.

Una misma estructura narrativa reaparece en los tres títulos: durante la primera mitad de la historia, un protagonista híper verborrágico, inteligente e irreverente deschava a la sociedad de la que forma parte; a partir de la segunda mitad el susodicho se revela vulnerable detrás de tanta mordacidad, baja el copete y busca adaptarse al sistema que tanto denostó. El amor lo rodea, pero recién se da cuenta cuarenta o cincuenta minutos después de iniciada la película.

Así como el doble discurso corporativo-mediático en Gracias… y la pacatería sexual en La joven vida…, la despiadada desregulación laboral es el tema principal en Amor sin escalas. Sensible a la crisis de desempleo que enfrentan los norteamericanos (también a la tragedia de Haití, cabe recordarlo) el jurado de los Golden Globes premió la nueva denuncia de Reitman, cuyo guión es una adaptación de la novela de Walter Kirn.

Para algunos espectadores, en cambio, la película dista de merecer distinción alguna. Por lo pronto, la propuesta inicial se desbarranca cuando abandona la sátira para coquetear con el género romántico (¿de ahí la irrisoria traducción local para Up in the air?) y con la moraleja cursi (resultan patéticos los testimonios finales de gente echada, que subrayan la importancia de los afectos a la hora de digerir un despido).

Por otra parte, George Clooney no consigue desprenderse del seductor y encarnar al canalla (acaso los hermanos Coen sean los únicos capaces de sacar lo mejor de este galán). Anna Kendrick lo supera al componer a una pequeña cretina más convincente (aún cuando se redima al final). Jason Bateman y Vera Farmiga también lo opacan por el mérito de hacer lo que pueden con los estereotipos asignados a sus personajes Craig y Alex.

Las fotografías sacadas «a vuelo de pájaro» y la banda de sonido constituyen los dos aciertos más grandes de Amor sin escalas. Por lo demás, este otro trabajo del sobrevalorado Jason tampoco consigue sostener la osadía, ironía, lucidez crítica pretendidas, y en cambio sucumbe a la tentación de aleccionar (al espectador) y castigar (al protagonista-pecador).