¿Puede ser tonto un buen actor?

«El film se acerca a su vida de una manera contemporánea. Se trata de una joven mujer teniendo que hacer un trabajo que la supera…» explica Emily Blunt sobre La joven Victoria, película de Jean-Marc Vallée que se estrena hoy en Buenos Aires. En la nota que La Nación publicó días atrás, la actriz británica también «bromea» sobre su lugar en el imaginario colectivo: «si me reconocen en la calle, la gente piensa que fuimos al colegio juntos o que alguna vez trabajamos en el mismo lugar. Nadie logra identificarme. «¿No sos mi prima, ésa que no veo hace mucho, mucho tiempo?», me preguntan».

En parte porque suenan forzadas y artificiosas, las traducciones casi literales deforman, arruinan, percuden la comunicación, además de desprestigiar la inteligencia de quienes se pronuncian en idioma original y se someten a la interpretación apurada de algún políglota improvisado. Volviendo a las declaraciones arriba transcriptas, alguien (me) las lee en voz alta y enseguida acota «esta chica es medio tonta».

A veces las notas de prensa provocan una impresión igualmente negativa. Por un lado, los actores están obligados a promocionar su nuevo trabajo y, quizás por inexperiencia, cansancio o timidez, balbucean lo primero que se les cruza por la cabeza: algo no necesariamente pertinente, atinado ni revelador. Por otro lado, los periodistas bien pueden formular preguntas tontas que lógicamente generen respuestas deslucidas (por no escribir «bobaliconas»).

En principio, este post no pretende expedirse sobre la madurez intelectual de Blunt. En nombre de cierto interés cinematográfico, podría citar las aquí reseñadas Mi verano de amor, El diablo viste a la moda y Dani, un tipo de suerte para comentar la versatilidad de una joven actriz que sabe destacarse en papeles protagónicos y secundarios… pero la intención tampoco es ésa.

En honor a la verdad, la anécdota de descalificación ante unas declaraciones torpes y/o mal traducidas es simplemente una excusa para calcular las probabilidades de que un buen actor sea una persona tonta.

Al menos para quien suscribe, el don de la interpretación y la estupidez humana son excluyentes no sólo por una cuestión de inteligencia sino por las variables «sensatez» y «sensibilidad» (los tontos podrán ser malos, serios, cursis, hipócritas pero nunca sensibles y sensatos).

El actor capaz de «convertirse» en personaje parte de una compenetración íntima, comprometida con la ficción y con el individuo imaginado por un guionista o escritor. Esta suerte de empatía corporal y mental le resultaría impracticable a una persona limitada o frívola, incapaz de abandonar sus propias impresiones, prejuicos y preconceptos (los tontos son esclavos de un pensamiento único que les impide ponerse en la piel de otro ser humano).

Por favor, sepan disculpar que de lo general volvamos a lo particular para terminar… Dadas las pruebas cinematográficas de su talento actoral, Emily Blunt no puede tener pajaritos en la cabeza. En el peor de los casos, cuando se la entrevista, es presa fácil de su eventual torpeza discursiva, de alguna mala traducción y/o de algún periodista cholulo y bobalicón.