Malditas matemáticas

Quienes nacimos con pocas luces para las matemáticas no sólo desconocemos la pasión que generan los cálculos, cifras y ecuaciones. También somos incapaces de disfrutar del entretenimiento asociado a esta disciplina; de ahí que una película como Los crímenes de Oxford, una serie como Numb3rs o un libro como el que publicó Adrián Paenza nos resulten indiferentes.

La autora de este post recuerda a un querido profesor de secundario, preocupado por desmentir/revertir la mala fama de la «materia-cuco» a su cargo. Para convencer a sus alumnos, contaba pequeñas hazañas personales como aquélla que consistió en agotar y «medir» la tinta de un bolígrafo 2 km de Sylvapen, con el único fin de ratificar o rectificar el volumen presuntamente apto para trazar una línea de dos mil metros.

El mismo docente nos desafiaba a hacer una suma, resta, multiplicación, división con calculadora. En cuanto alguien dictaba los «guarismos» (palabra fea, si las hay) al azar, nosotros presionábamos los botones de la maquinita con la mayor agilidad posible mientras él activaba su impresionante talento para el cálculo mental. Jamás pudimos ganarle.

Escondemos una indiscutible pereza intelectual quienes esgrimimos argumentos del estilo de «nunca fui bueno», «no me llevo bien», «no le veo la gracia», «no me interesa» o el más frontal «no entiendo». Ni siquiera los ganchos cinematográfico, televisivo, literario consiguen despertarnos del letargo.

A lo sumo sentimos empatía por los matemáticos que propone la ficción: John Nash, Will Hunting, Gregory Larkin, incluso el aficionado Walter Sparrow entre otros personajes de celuloide. Sin embargo, nunca-nunca conseguimos disfrutar del entretenimiento asociado a una disciplina ¿injustamente? maldita.