Rescate del metro 123

Imposible ignorar la mano de Tony Scott en Rescate del metro 123. Al menos quienes vieron Déjà vu reconocerán ese estilo pretendidamente dinámico que consigna fechas y/u horas-minutos, acelera/anula tiempos muertos, genera tensión a partir de un terrorismo que siempre mata (o amenaza con matar) en función de algún plazo. El cartón se llena cuando aparece el también antes convocado Denzel Washington: la película aporta poco y nada no sólo como remake sino como novedad en la filmografía de quien supo hacerse fama con la inquietante El ansia y la taquillerísima Top gun.

El largometraje desembarcó en Buenos Aires a mediados de año, y se mantuvo poco tiempo en la cartelera local. Con un poco de humor, la indiferencia del público porteño podría explicarse por razones ajenas a la cuestión cinematográfica. Por lo pronto, desde esta perspectiva, los problemas reales con Metrovías quitarían las ganas -la curiosidad- de asistir a un secuestro ambientado en la red subterránea neoyorkina.

Al margen de eventuales chascarrillos, lo cierto es que Rescate del metro 123 aburre por dos motivos principales. Por un lado, el guión de Brian Helgeland es tan previsible que hasta adivinamos la función del pack de leche, primero, en la breve conversación telefónica entre el protagonista bueno y su esposa, luego, en el desenlace con moño.

Por otro lado, las actuaciones oscilan entre la exageración total (el Ryder de John Travolta es una maquieta) y la inexpresividad absoluta (qué pena da verlos a John Tuturro en la piel del negociador Camonetti y a James Gandolfini, en la del alcalde de NY). En el medio, Denzel se repite a sí mismo cuando vuelve a encarnar a un héroe a pesar suyo, calmo, casi desapasionado, pero más eficiente que cualquier profesional.

Quizás lo más rescatable de este film sea el esfuerzo técnico y de producción a la hora de recrear la parafernalia de la policía neoyorkina, choques automovilísticos, corridas acrobáticas y fusilamientos impulsivos. Algunos espectadores también valorarán la presunta intención de probar que el terrorismo no es exclusividad de los malditos musulmanes, y que la Gran Manzana a veces es víctima de sus propios ciudadanos y alcaldes.