El arte de hacer llorar

En una entrevista que le concedió a James Lipton para Inside the actors studio, Anthony Hopkins explicó que el buen actor dramático se destaca no porque sepa llorar en cámara sino porque sabe provocar el llanto (en los espectadores) sin (él) derramar una sola lágrima. La autora de este post recuerda cuatro escenas que respetan esta máxima, y cuenta una segunda anécdota con la intención de ilustrar la lección de Sir Tony.

Secretos y mentiras de Mike Leigh.
Cynthia Rose (Brenda Blethyn) acepta encontrarse con quien dice ser su hija entregada en adopción hace más de veinte años. Sentada a la mesa de una confitería, esta mujer blanca, de condición humilde, apenas puede sostener su taza de té cuando Hortense (Marianne Jean-Baptiste), de raza negra, le muestra la documentación que prueba su filiación.

Bleu de Krzysztof Kieslowski.
Julie (Juliette Binoche) no siente nada por la repentina (y trágica) muerte de su marido. Contrariada por este «efecto anestesia», la viuda araña las paredes que la escoltan mientras camina: parece apostar a que el dolor físico le abra las puertas al dolor anímico.

En busca del destino (o Good will hunting) de Gus Van Sant.
En la última sesión, el Dr. Sean Maguire (Robin Williams) repite tres veces «it’s not your fault». El paciente Will Hunting (Matt Damon) atina a contestar «I know» pero se resiste a aceptar la liberación de culpa y cargo.

Gente como uno de Robert Redford.
Desde las escaleras de su casa, Beth (Mary Tyler Moore) sorprende a Calvin (Donald Sutherland) sentado en la penumbra, reflexivo. Le pregunta qué le pasa. Su esposo le explica que después de todo lo sucedido (el accidente fatal de un hijo, el intento de suicidio de otro) la desconoce, que no está seguro de seguir queriéndola.

Curiosamente, también en una charla con Lipton, Sutherland padre contó que existieron dos versiones de esta escena. De hecho, en la primera dijo su parlamento llorando, y en la segunda lo hizo sin derramar una lágrima.

Tras repasarlas y compararlas, tanto el actor como el director Redford llegaron a la conclusión de que la interpretación «en seco» conmovía mucho más. La segunda fue entonces la versión definitiva que quedó «impresa».