Ojo con la(s) mosca(s)

Ojalá fueran así de simpáticas...Bajamos del tren, abandonamos la estación y caminamos unas cuadras antes de despedirnos. En este breve trayecto juntas, mi compañera de trabajo interrumpe la charla, calla, cierra literal y metafóricamente la boca. Segundos después, se excusa mientras señala las moscas que nos cruzan en la vereda: «no sea cosa que trague alguna».

La confesión me alivia porque, hasta entonces, me creí la única en temer esa posibilidad remota. Imaginé distintas hipótesis que pudieran explicar la fobia: incidencia exagerada/absurda de un famoso refrán; otro síntoma del rechazo que los bichos de ciudad sentimos por los bichos (insectos) de la naturaleza; efecto residual de aquella película impresionante que filmó David Cronenberg; gajes de una asociación no tan libre que se gestó en el imaginario sobre princesas, príncipes y sapos, y que cada tanto nos recuerda las costumbres alimentarias de los batracios.

Por ahora ninguna mosca entró en mi boca, y eso que a veces me sorprendo andando boquiabierta por ahí (maldita alergia tapa-narices). Tampoco tuve el disgusto de encontrar una en mi sopa, ni el gusto de hacer el reclamo de rigor.

Podría escribir sobre la mosca que tengo en algún bolsillo, en la billetera, en mi cuenta bancaria. Pero la lengua lunfarda carece de gracia en los cybercultura, tan comprometida con el predominio de @, html, el php y .com.

Moscas al acecho.

En cambio sí puedo contar que, años atrás, una mosca me entró en el ojo. Una mosca de verdad, en mi ojo derecho. Una de ésas bien oscuras y corpulentas, que reconocemos de lejos cuando vienen a nuestro encuentro (porque -da la sensación- siempre vienen a nuestro encuentro).

Estaba esperando el colectivo 67 en la avenida Figueroa Alcorta, y la imaginé saliendo del Malba. La mosca ¿curiosa, culta, intelectual? avanzaba despreocupada, zigzagueante, con ánimo de sociabilizar. Atenta a la posibilidad de que yo también quisiera hablar, buscó mis labios primero pero terminó apostando a la importancia del contacto visual.

Mis párpados reaccionaron tarde; se cerraron con la susodicha adentro. Entonces vino la sensación de aspereza, de intrusión, de ardor.

Después la mano en el ojo, primero como parche, testigo del accionar triturador. Luego como pinza extractora, encargada de sacar a la desgraciada por partes: alas; cabeza; tronco (desconozco el paradero de las patas).

Mi compañera de trabajo hace bien en cerrar literal y metafóricamente la boca cuando alguna(s) mosca(s) se le cruza(n). El antecedente del ojo respalda esta sabia conducta preventiva. La fobia que pueda provocar este post, también.