Otelo según Cibrián y Mahler

Las incontables representaciones teatrales que tuvieron lugar en distintos tiempos y espacios, la célebre ópera que Giuseppe Verdi compuso a fines del siglo XIX, las películas que filmaron Orson Welles, Sergei Yutkevich, Roger Benamou, la infaltable interpretación de Lawrence Olivier, las tantas otras de Plácido Domingo para cineTV deberían condicionar a quienes desean montar una nueva versión de Otelo. Seguro, la obra de William Shakespeare mantiene su indiscutible vigencia y es fuente de inspiración inagotable, pero la ocurrencia de convertirla en musical no es garantía de originalidad y calidad.

El 30 de septiembre, la obra se reestrenó en Buenos Aires.

La puesta en escena que Pepe Cibrián Campoy y Ángel Mahler estrenaron a principios de año y repusieron hace semanas en El Nacional presenta desaciertos estructurales que deslucen el esfuerzo de un elenco visiblemente comprometido con el proyecto*. El primer gran desatino aparece a nivel discursivo: por un lado en expresiones ajenas al siglo XVII (Yago dice de Otelo que «no es ducho en matemáticas»; Otelo se refiere al «bicho» de Casio); por otro lado en una adaptación con un primer segmento excesivamente detallado y con un segundo segmento forzadamente esquematizado.

Al parecer, Cibrián Campoy se queda a mitad de camino entre dos buenas intenciones: la de recrear el drama del moro de Venecia en una salsa parecida a la original (de ahí la elección de un vestuario que intenta respetar la moda de la época) y la de elaborar una versión pop (no sólo en función de los acordes del music hall, sino de un léxico más bien contemporáneo, afín al público porteño). Contrariamente a lo que Willy Landin e Iñaki Urlezaga hicieron con Las mujeres sabias y Carmina Burana respectivamente, el hijo de los recordados José y Ana María no aggiorna; en todo caso distorsiona y edulcora.

El segundo gran desatino de esta propuesta aparece a nivel musical. De hecho, los acordes compuestos por Mahler parten de un gran leitmotiv que, después de tres horas de insistencia, termina saturando.

La contraparte visual de esta letanía melódica es una coreografía artificiosa, por momentos influenciada por las representaciones que Disney hizo de los cuentos de hada más famosos. Por ejemplo, las escenas de baile que protagonizan Otelo y Desdémona parecen inspiradas en La bella y la bestia.

Aunque respeta el final imaginado por Sir Shakespeare, la dupla Cibrián-Mahler se permite cerrar su espectáculo con una «escena fija» (sepan disculpar la simplificación) que revierte la tragedia. Este happy end de yapa es el corolario de una propuesta que, lejos de rescatar y resignificar la esencia de un clásico, la reduce a un cúmulo de estereotipos narrativos y musicales dignos de un telenovelón lacrimógeno y aleccionador.

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* Juan Rodó, Daniel Vercelli, Diego Duarte Conde, Lorena García Pacheco, Mercedes Benítez, Beto Cuello, Sergio Carus hacen lo imposible por sostener un musical que -valga la metáfora- desentona.