El pensamiento único

En 2007 Editions du Seuil publicó Nouvelles mythologies (Nuevas mitologías) para celebrar los cincuenta años del libro Mitologías de Roland Barthes. Entre la recopilación de 67 textos que escritores y periodistas redactaron bajo la dirección de Jérôme Garcin, se encuentra Le pensée unique (El pensamiento único) de Denis Jeambar. A continuación, la traducción prometida.

Antes de leerla, conviene recordar que este ensayo se inscribe en el contexto francés, por momentos muy distinto a nuestra realidad argentina.

———————————————————————————-
Viñeta del español EnekoEl conformismo es lo que nuestra sociedad respeta más en el mundo. Cuanto más prospera el individualismo, más uniformidad fabrica. Como si temiéramos encontrarnos solos por haber cultivado nuestra singularidad.

La libertad parece haberse convertido en un fardo demasiado pesado para la mayoría de los seres humanos. La izan y agitan fuerte, pero viven obsesionados por el reconocimiento y la asimilación. Todo se transforma en código y ritual. El corolario del culto a la diferencia es el miedo atroz a la cuarentena social.

Hasta la transgresión necesita ser etiquetada: nos pretendemos otro siempre y cuando la colectividad nos acepte. El espíritu rebelde ha muerto, recubierto por la capa de un nuevo espíritu pequeño-burgués: no pensamos, adoptamos posturas. La derivación normativa impregna nuestra vida material e intelectual.

Ilustración comercial: el triunfo de las marcas. Hijas del marketing, son el instrumento clave del consumo globalizado. El planeta vive al ritmo de los estudios de mercado que captan nuestros deseos comunes y nos los ofrecen en una noria de productos de corta vida: nos consideramos modernos, nos creemos únicos, de hecho caminamos encausados.

Incondicionales, somos felices porque nos sentimos seguros y reconfortados en la mirada de los otros, que nos devuelven su aprobación gregaria. La marca nos concede el placer de ser diferentes, siempre dentro de la norma.

Sucede lo mismo con las ideas: la diversidad está en la apariencia, pero en el fondo la regla es la uniformidad. El pensamiento único, carburante de la identidad a bajo precio, del sueño intelectual, del falso coraje, disipa el libre arbitrio y la disidencia. Encuentra su fuerza en la pereza que nace de las grandes ideologías.

En un mundo TGV (Train à Grande Vitesse, el «tren bala» francés), revolucionado por la globalización, Francia elige la inmovilización del pensamiento único. Para existir sin cuestionarse, utiliza paradojas irritantes que son petardos mojados: la alternancia se transforma en parodia del pluralismo; el «derecho-humanismo» en maniobra geopolítica; la democracia de la opinión en cementerio de la razón, etc.

En todos los terrenos -político, diplomático, cultural, social- el pensamiento único se decreta diferente pero repite sin cesar viejas letanías. No se nutre de una realidad auscultada sino de un sentido común proclamado y de cierto interés bien entendido.

El pensamiento único es profundamente egocéntrico porque no piensa en el/lo otro: se construye sobre el predio cuadrado del nacionalismo más estrecho, sobre la arrogancia de un país convencido de que siempre tiene razón.

El fracaso del referendum sobre la Constitución europea es uno de sus logros: las pretensiones de quienes votarían por «sí» provocaron un revuelo en las urnas con consecuencias catastróficas para Europa. Lo peor es que el «no» se convirtió en motivo de orgullo, en símbolo de la excepción francesa, en el producto más putrefacto del espíritu francés calcificado.

El pensamiento único es la certeza en acción y la negación de la reflexión: funciona a contrapelo y parte de conclusiones deseadas o condenadas a fabricar una argumentación. Es ante todo una usina de torpezas destinadas a proteger situaciones adquiridas. Para cumplir con su misión, utiliza los hilos de la mentalidad conservadora, sobre todo la moral en todo su esplendor, la pretensión de detentar la verdad y el recurso a la demonización.

Todos los días me lavo el cerebro con publicidad.
Todos los días me lavo el cerebro con publicidad.

Alimentado por los pequeños cortesanos de la vida pública, el pensamiento único es una censura espiritual que desprecia el conocimiento, el verdadero, porque impone postulados con anteojeras y recusa la fuerza de hechos y pruebas. Como las marcas, nos invita a perdernos en el paraíso artificial de un narcisimo que logra consenso. Alimenta el culto al ego en un ambiente de falsa convivencia cuya caricatura son esos salones mediáticos donde nos disputamos todo por inercia.

Otra vez como las marcas, el pensamiento único firma la victoria del espíritu monopólico en el seno de una sociedad presa de dictadores pensados y vendidos, que se apoderaron de la teatralidad pública y de la maquinaria del deseo.