Desclasada busca metáfora

Este post fue escrito bajo el mismo rapto impulsivo que a veces nos lleva a redactar textos menos analíticos y más viscerales como éste, éste o aquél que Adivinador del Pasado publicó meses atrás. Hecha la advertencia, por favor sepan disculpar las desprolijidades que puedan encontrar a continuación.
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¿Más sola que la una? ¿Que un hongo? ¿Que un ombú en medio de la pampa? ¿Que Adán el Día de la Madre? ¿Que Judas el Día del Amigo? No doy con la comparación que consiga definir el desamparo -a veces relativo, a veces total- que siento como miembro de una clase media (burguesía) a la cual pertenezco pero con la cual no me identifico.

O me identifico hasta cierto punto, sobre todo por compartir experiencias y una trayectoria que resumo en los siguientes dos párrafos.

Nací en el seno de una familia fundada por inmigrantes que llegaron a la Argentina con una mano atrás y otra adelante. En parte porque trabajaron mucho y en parte porque sus orígenes europeos los hacían dignos de alguna oportunidad, mis abuelos supieron forjarse un lugar en nuestra sociedad.

Ya no europeos pero sí blanquitos, sus descendientes también somos dignos de oportunidades. Por eso tenemos algo más que una mano atrás y otra adelante: al menos cuatro comidas diarias, un hogar confortable (en la mayoría de los casos, de nuestra propiedad), acceso a una formación académica de mínimo dos, máximo cuatro niveles; acceso al servicio de salud primero público, ahora privado; empleos estables que nos permiten un estándar de vida aceptable (privilegiado según con quien comparemos); la posibilidad de darnos ciertos gustos (vacaciones, viajes, idas al cine/teatro/recitales, almuerzos/cenas en un lindo restaurant, compra de ropa/objetos varios/libros/revistas/DVD, algún auto/moto/bicicleta en nuestro patrimonio personal).

Estas coincidencias históricas y coyunturales que me unen a compañeros de estudio/oficina, amigos, familiares, parejas (es decir a quienes conforman mi entorno público y privado) sostienen nuestra relación en lo cotidiano y en lo afectivo. En cambio, no alcanzan para asegurar mi adhesión a un pensamiento que considero unívoco y uniformado.

Por alguna razón ligada a cuestiones de genética, personalidad o educación, no puedo ni quiero suscribir a ciertas posturas, conductas, creencias que mi red social comparte cual verdades absolutas on y offline. A diferencia de quienes me rodean, tomo con pinza el legado ideológico de mis antepasados, primero porque en pleno siglo XXI lo siento descontextualizado, trasnochado; segundo porque contemplo la posibilidad de que se hayan equivocado.

Con el tiempo, me convenzo cada vez más de que el fenómeno peronista es la gran divisoria de aguas. La mayoría de mis seres queridos no puede (tampoco quiere) revisar -mucho menos relativizar- la visión apocalíptica que nos inculcaron nuestros mayores. Apenas se toca el tema, los invade un antiperonismo rabioso incompatible con la remota ocurrencia de leer/consultar material que pueda aportarles otros datos, otros análisis, otros puntos de vista y que eventualmente pueda ayudarlos a elaborar una percepción propia, fundamentada, documentada y crítica del movimiento y sus protagonistas.

El sentimiento antiperonista de mi entorno (y de nuestra burguesía vernácula en general) es más fuerte que el anticomunismo o el anti”zurdaje” como diría la Chiqui Legrand. Será que, por un lado, los argentinos nunca vivimos bajo un régimen comunista (no podemos hablar con verdadero conocimiento de causa) y, por otro lado, sí tenemos pruebas (familiares) de que los gobiernos justicialistas fueron un horror (para nuestras familias).

Curiosamente, mis compañeros de estudio/oficina, amigos, parientes, parejas no hablan tanto de la versión menemista que sí padecimos, sino de los padres de la desgracia (Perón y Evita) cuya época no vivimos. El desprecio/odio original recuperó especial protagonismo tras la aparición del matrimonio que tanto se les parece (o busca parecérseles).

Desde la renovación K, sobre todo CK, me resulta todavía más evidente que el fenómeno peronista es la gran divisoria de aguas. Cuando en alguna reunión empezamos hablando de Juan Domingo y terminamos hablando del lock out del campo o de la Ley de Medios, o al revés, cuando empezamos hablando del lock out del campo o de la Ley de Medios y terminamos hablando de Juan Domingo, el desacuerdo entre mis interlocutores y yo es total.

Ellos creen en “el campo” como si se tratara de una sola entidad víctima del vampirismo estatal, y yo creo en “el campo” como representación oportunista de la nefasta Sociedad Rural. Ellos creen en la ética de Clarín y La Nación, y yo ni siquiera creo en la independencia periodística que Clarín y La Nación tanto defienden. Ellos ponen a Perón a la altura de Hitler, Mussolini, Franco, y yo me pregunto qué queda para Justo, Onganía, Videla, Viola, Galtieri, Bignone.

Para ellos lo peor que le pasó a la Argentina fue la estatización en manos del demagógico tirano, y para mí lo peor que le pasó a la Argentina fue la conducta golpista de una dirigencia política y económica funcional al capital extranjero y de una sociedad cómplice en general (ni hablar del oscuro método de desaparición de personas). Para ellos el actual Gobierno es fascista, y para mí fascitas son quienes reclaman “que se vayan todos”, en especial la Presidente, y quienes añoran la mano dura de 1976-1983.

Aún cuando -que conste- no soy peronista ni kirchnerista, en estas reuniones me siento en la vereda de enfrente, sapo de otro pozo, una oveja descarriada, un perro en cancha de bochas. Más metáforas y, sin embargo, ninguna me convence cuando pretendo definir la soledad (en ocasiones total, en ocasiones relativa) que confirma mi condición de desclasada social.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

17 thoughts on “Desclasada busca metáfora

  1. No estás sola. A mí me vuelven loca por igual los lectores/comentadores de La Nación y los kirchneristas. Mon dieu, qué país.

    En el fondo es porque se quebró totalmente la posibilidad de movilidad social. Si así no fuera, a esta altura ni importaría cuán blanquitos somos.

  2. Spectatrice, me siento exactamente igual. Este post representa la soledad que siento en reuniones de amigos a quienes quiero mucho pero con quienes no comparto el lugar desde donde miramos la realidad. A veces hasta los siento agresivos porque, sabiendo cómo pienso, meten púa donde más discrepamos. Creo que a veces se divierten y otras están convencidos de que van a hacerme cambiar de opinión.
    En especial comparto lo que decís sobre el peronismo como divisoria de aguas. Yo tampoco soy peronista ni kirchnerista pero ciertos comentarios de mi entorno me hacen saltar como si lo fuera.
    Después de leerte me siento un poco menos paria dentro de mi propia clase. Gracias.

  3. Me gustó mucho el título del post, para empezar.

    La verdad, Spectatrice, que el espacio del pensamiento crítico, de la búsqueda honesta y valiente de la verdad, es un lugar de soledad, un sitio poco visitado. A me parece que uno puede manejarse toda la vida con unas poquitas frases que le servirán para tomar decisiones, participar de las charlas en las oficinas, tener amigos, contraer matrimonio, educar a los niños.

    La guita siempre se la llevan los de arriba, los pobres son todos peronistas (o los ricos son todos gorilas), el que mata tiene que morir, la mortaja no tiene bolsillos, que se vayan todos, lo primero son mis hijos, y alguna frase de sobrecito de azúcar alcanzan como stock ideológico para tener amigos y sentirse protegido por alguna comunidad.

    Pero, la pretensión de un pensamiento propio nos pone a la intemperie. Se hace todo mas difícil, porque uno debe luchar contra la falta de certezas y la hostilidad del medio que no tolera nuestra vocación por operar sin etiquetas. En ese sentido, a mi me parece que el problema no es que la pequeño burguesía porteña es demasiado cualquiercosa, sino que usted, mi querida amiga, no es ni kirchnerista ni antikirchnerista…Y eso, en la Argentina de hoy, la deja solita en casi todas las reuniones , en todas las casas y en todos los foros. O hablamos de Cristina, una mina inteligente a la que la derecha trata de derrocar porque está haciendo bien las cosas, o hablamos de Kristina, esa yegua llena de resentimiento que no llega a fin de año.

    Mientras por las grandes avenidas caminan los que tienen las cosas claras, usted andará por los solitarios caminitos de los que cuestionan y averiguan. En alguno de esos sitios se encontrará con algunos de nosotros, y otras veces caminará sola, o con otra gente.

    Bueno, es una elección, que va cerle.

  4. Comparto la opinión de todos, aunque seamos pocos. Aún con esa desazón, he intentado observar atentamente las actitudes individuales en los grupos de convivencia (por ejemplo el trabajo) cuando se generan esas conversaciones/discusiones de política. He notado que siempre hablan más fuerte, con más convicción y seguridad (o soberbia) los que tienen esa visión de derecha. Pero el discurso se presenta de una forma que hace parecer que todos los que oyen están de acuerdo. Percibo que hay gente, aunque las menos, que no comparten esa ideología (pongamos anti K, pro campo, anti piqueteros, etc, etc), pero esa poca gente tiende a quedarse callada, sonreír condescendiente, evitar el confrontamiento.
    Hace poco un amigo/compañero de laburo, de izquierda, cuando llegaban mails llamando a un cacerolazo contra el gobierno (hace un par de semanas creo), me decía que deberíamos llamar a un cacerolazo en contra del cacerolazo. Obviamente un chiste, pero refleja su necesidad de expresar en forma positiva su punto de vista, aunque no sabíamos si debíamos usar bombos peronistas, bocinas de 4×4, o vajilla de otra categoría a las cacerolas Essen.
    Entiendo lo de Martincho, tengo amigos que quiero mucho, hasta los creía progres, pero les ha agarrado un ataque de caspa antiperonista heredado de familia, además de un sorpresivo puritanismo constitucionalista para con este gobierno. No sé si notaron ese fenómeno de exigir la mayor perfección constitucional ahora, que jamás han tenido con otros gobiernos.

  5. Ana C., creo que el odio de la clase media (prefiero hablar de burguesía) nació en la época de mayor movilidad social: guste o no, en la época peronista. A veces tengo la sensación de que ése es el reproche más grande (y más solapado también): Perón concedió derechos que las clases bajas no merecían, convirtiendo a sus miembros en agradecidos incondicionales que hoy son capaces de venderse por el pancho y la coca.

    Martincho, también noto esa agresividad, una especie de castigo por mi condición de desclasada. Por otra parte, a mí también se me acusa de peronista y kirchnerista porque -es verdad- a veces salto como si lo fuera. Yo les contesto que en todo caso soy anti-antiperonista y anti-antikirchnerista pero el juego de palabras no me libera de esas otras etiquetas.

    Adivinador, agrego algunas frases a las que Ud. aporta con tanto tino: “hay que matarlos a todos”, “pobres habrá siempre”, “Eva Perón era una puta”, “muy comunista, muy comunista pero bien que murió en una clínica privada” (sobre Mercedes Sosa), “ojalá hubiéramos sido colonia inglesa; estaríamos a la altura de Estados Unidos, Canadá, Australia” (nunca nos imaginan a la altura de Sudáfrica o India). Cuando leo el final de su comentario referido a los caminos menos solitarios donde los desclasados nos encontramos, no puedo dejar de pensar en este blog. 😳

    Aberel, es cierto lo de la tendencia a callar el disentimiento. A veces tengo esa conducta porque me cansa discutir o porque considero que lo que digo cae en saco roto. Me cuesta discutir con interlocutores que, como señala Adivinador, construyen su discurso a partir de frases sacadas de sobrecitos de azúcar o simplemente heredadas.

    Gracias a los cuatro por sus comentarios y a una quinta lectora que relacionó este post con un texto de Roland Barthes sobre “el pensamiento único”. Prometo transcribirlo si lo encuentro y no es muy largo para copiar.

  6. Yo en esta etapa creo que discutir por discutir, efectivamente cae en saco roto. Obviamente depende con quien, pero nadie jamás se convence de nada con una o mil discusiones. Lo que sí me parece bueno es dejar claro el punto de vista de uno, incluso aunque eso conlleve una etiqueta. Yo prefiero que digan cuando me ven venir (cosa que sucede) “mirá, ahi viene el Kirchnerista”, a que me incluyan en conversaciones que empiezan con “viste lo que hizo esta konchuda?” (Otro tema, no? Ser presidente y tener ovarios en vez de testículos es una descalificación… peronista y mujer… qué horror!)

  7. Hola Spectatrice
    Sin duda que el peronismo-antiperonismo sigue siendo la gran divisoria de aguas de la Argentina. De las dos orillas, confieso que siempre me causó más desconcierto el antiperonismo.

    Mi abuelo se enriqueció siendo director de una empresa autopartista, gracias a la sustitución de importaciones del primer peronismo. Él y su familia gozaron, gracias a la famosa ¨movilidad social ascendente¨, de un nivel de vida alto que les permitió tanto viajar y consumir como detestar al tirano y a ¨esa mujer¨. Mi abuelo aplaudió el golpe del ´55, preludio a su propia ruina.
    La empresa familiar de un amigo mio, creada también en la época de la sustitución de importaciones, se fundió gracias a la apertura comercial decretada por Cavallo. Su suerte y su patrimonio mejoró exponencialmente desde hace 6 años, sin embargo detesta a la presidenta y sigue pagando consultores ¨independientes¨ que desde hace 6 años le anuncian mensualmente la llegada del apocalipsis si no se corrigen las políticas populistas.
    Lamentablemente para el país, ni mi abuelo ni mi amigo, tipos razonables y bien educados, defendieron sus propios intereses. Su odio fue ideológico y se enamoraron de modelos que los empobrecieron una y otra vez.

    Así como nuestra clase media le tema más a los sindicatos que a los monopolios, a los intendentes más que a los bancos, a los ladrones de manzanas más que a los delincuentes de guante blanco y al Estado corrupto más que a las empresas corruptoras, también dinamitó con ahínco la educación y la salud públicas, de las que era la principal beneficiaria, para reemplazarlas por espejitos de colores ruinosos.

    Creo que detrás de toda furia antiperonista, como la furia anti-CFK que padecemos desde hace meses, hay una componente de pereza y de pertenencia, como creo que señala el Adivinador. Detestar a CFK es una actividad que nos hace pertenecer a un mundo de certezas. No tenemos que probar nada, alcanza con mencionar alguna marca de marroquinería, un hotel de lujo, un lifting. La empatía con nuestro entorno social es inmediata.

    Proust escribió que en la época del affaire Dreyfus, el cochero se decía antisemita por empatía con su patrón. Creía que él y su amo formaban parte del mismo mundo, por oposición al del mundo siniestro del judío traidor. Por supuesto se equivocaba, pero creo que algo de esa ilusión tenemos los que aún formamos parte de la clase media. Nuestro gorilismo, como el antisemitismo del cochero, es nuestra última quimera de ¨movilidad social ascendente¨.

    Perdón por la verborragia…

  8. “…me siento en la vereda de enfrente, sapo de otro pozo, una oveja descarriada, un perro en cancha de bochas…”. O como abogada del diablo. Jaja. (Tenía que hacer el chiste, no me tomen al pie de la letra).

    No sé si será un problema de clase. Yo encuentro de todo, paso de grupos familiares, de amigos, de compañeros, no-tan-amigos que me ponen en una situación similar a la tuya, a grupos con la foto del General en el comedor, que repiten con orgullo su voto a Kirchner o amenazan con distintas venganzas/hostilidades (porque tal nivel de agresividad no puede ser etiquetado de reivindicación) con frases tipo “…y ahora vamos a ir por los…”. Y todo igualmente medio-burgués (quizás, los segundos sean de una burguesía más nuevita), con el mismo vino de por medio, y con el mismo ‘extremismo ciego’ (?), con un halo de religiosidad poco tolerante en el fondo, que me deja siempre como “sapo de otro pozo”. Pero, sí, la derecha anti-loquesea suena más rabiosa. En general, igual, se me ocurre que tal vez sea un problema de educación + medios, que no logró salir de los relatos Perón-villano o Perón-santo, según el caso, momento, lugar. No sé. No entiendo cómo sobrevive tanta ‘pasión’, tanta ímpetu hacia la ignorancia. A veces defiendo diablos (con preguntas, con argumentos en contra, cuestionadores) y a veces me callo o sumo frases vacías (especialmente en los taxis –nunca me animo a discutirle al que maneja). No es una época para el diálogo, ni la tolerancia. ¿Cuándo fue? Al menos esto no es el menemismo, cuando ninguna clase media no quería ni acordarse y saltaba en una pata.

    (No sé si esto también aplica pa verborragia. Al lado de tus párrafos, esto es más bien una suelta de palabras medio mareadas).

    Saludos.

  9. Rinconete, a mì también me desconcierta más el antiperonismo que el peronismo. En parte me pasa eso porque el primer sentimiento tiene aristas mucho más contradictorias que el segundo: las que mencionás en los ejemplos de tu abuelo y un amigo son parecidas a las de mi abuelo materno y un hijo (un tío mío), y son muy representativas de nuestra burguesía.

    En parte me pasa eso porque me resulta sumamente paradójico que el antiperonismo epidérmico (“el gorilismo” por llamarlo de la manera más popular y provocadora) no sea más que la contracara (“más rabiosa” retomando las palabras de JM) del peronismo epidérmico. Es decir, este antiperonismo no aporta absolutamente nada al debate: es una cachetada (más violenta) a la cachetada inicial.

    Retomando el final de tu comment, JM, creo que los argentinos nunca nos destacamos en materia de diálogo ni tolerancia. Los atropellos que el peronismo pudo cometer en los dos primeros gobiernos de Juan Domingo o cuando asumió su ala derecha después del famoso “trueque” con Cámpora son menores en comparación con las iniquidades de la Revolución Libertadora y con todo lo que vino después, incluida por supuesto el Proceso de Reorganización Nacional. Entre uno y otro extremo del abanico, hubo/hay muy poco espacio para la discusión.

    El problema no está en la pasión que podamos ponerle al debate; el problema está en la falta de honestidad intelectual o-dicho de una manera menos implacable, en la imposibilidad de reconsiderar las verdades que creemos absolutas por haberlas mamado desde chicos y por lo tanto en la imposibilidad de escuchar y pensar el discurso de quienes conciben la realidad desde otra perspectiva.

    ———————————–
    Fe de erratas con respecto al comentario 5.
    El texto aludido sobre “pensamiento único” no fue escrito por sino en homenaje a Roland Barthes. Aún así, voy a ver si puedo linkearlo o transcribirlo.

  10. Es muy interesante este intercambio, realmente, me gusta la claridad intelectual con que escriben todos. Un placer leer como escribe Rinconete especialmente.
    Quería decir que me parece que la ideología que se hereda de familia es muy dificil que cambie con los años. Seguro hay excepciones (y muy admirables!), pero en la mayoría de los casos nadie discute para tratar de abrir su universo de pensamiento. Esto que digo se aplica tanto a la vida cotidiana como a los debates mediáticos, por ejemplo entre políticos o periodistas. Ninguna discusión tiene utilidad si desde el vamos cada individuo tiene como objetivo “taparle” la boca al otro, es decir, ganar la discusión, chicanear, retrucar, rebatir con argumentos incontrastables (¿quién no se topa diariamente con estos personajes que te refutan con “lo sé de buena fuente”?), etc, etc. Dolina decía que nadie vota a un candidato leyendo previamente la plataforma electoral o viendo quien “gana” un debate televisivo, y ESTA BIEN que así sea. Se vota (o se elige) por simpatía. Simpatía con el personaje, con la ideología, con sus antecedentes, o con lo que sea que nos identifique.
    Y de eso hablamos todos: de la identificación. Nos identificamos con una figura, una persona, una ideología, y hasta una estética. Y en el caso del peronismo, es la estética peronista lo que les da repulsión. Las críticas y denostaciones contra el gobierno son casi siempre de forma más que de fondo (hablando de lo que se oye cotidianamente, obviamente la Sociedad Rural o Clarin saben perfectamente cuál es el fondo que les toca).
    Hace tiempo que ya no importa qué hizo o dejó de hacer Perón. Lo que va a importar siempre es la identificación o rechazo con la idea del peronismo. Lo mismo cabe para el comunismo o lo que sea.
    Cuando me veo plantado frente una discusión política, lo primero que me pregunto a mí mismo es ¿Adónde quiero llegar con esta discusión? ¿A quién voy a convencer? o ¿De qué me van a convencer? O visto desde otro ángulo: Esta persona con la que discuto ¿qué valores éticos básicos tiene? Antes de discutir si el gobierno es bueno o malo ¿qué es “bueno” o “malo” para esta persona? Y me suelo encontrar con la respuesta de que esa persona con la que voy a discutir, tiene valores básicos como el obtener la mayor cantidad de dinero posible en la vida, tratando de que los demás (o los que son de otra clase) tengan menos. Es decir “cuanto más pueda ascender yo socialmente o materialmente, que se caguen los otros, los extraños”. Si en el fondo de su alma es éso lo que desea (y sabemos que eso, con sus variantes y sutilezas, se puede leer entre líneas fácilmente), ya no me interesa discutir con esas personas, no tengo nada en común con ellos. Cualquier otra cosa que se discuta es accesoria, porque en el fondo queremos cosas bastante opuestas de la vida.
    Digo, a veces convendría replantearse qué es lo que en el fondo se discute con otros, y hasta bajar el nivel a algo más básico como qué pretende cada uno del mundo para saber de qué lado estamos.
    (perdonen la catarsis, hasta me olvidé adónde quería llegar, jaja)

  11. No sé si está tan bien que votemos por empatía, Aberel. Creo que esa conducta revela nuestra falta de formación cívica y nuestro escaso compromiso con la vida política del país.

    Creo que ya conté esta anécdota en algún otro post pero la cuento igual (me disculpo si me repito). En Francia tengo amigos socialistas de toda la vida que, en las últimas elecciones presidenciales, votaron por Sarcozy y no por la candidata del PS Ségolène Royal. Recuerdo su respuesta cuando les pregunté si no sentían que habían traicionado sus convicciones y su partido. Me contestaron que no, que pensaban que en ese momento específico, a Francia le iría mejor con Sarcozy que con su rival.

    Cabe destacar que estos amigos participan activamente en la vida política francesa, no sólo a la hora de votar.

    Al margen de cuán arrepentidos estén ahora y cuán equivocados pensé que estaban entonces, la verdad es que admiré mucho esa actitud sobre todo porque los sentí convencidos y porque creí en el compromiso que demostraban con su país, compromiso superior a cualquier identificación/fidelidad partidaria.

    Tampoco estoy de acuerdo con que ya no importe qué hizo o dejó de hacer Perón. Creo que si no revisamos un poco nuestra Historia, tampoco podemos analizar nuestro presente y entonces seguimos discutiendo sentimientos y no hechos.

    Porque ése es otro gran problema, me parece. En muchos casos, peronismo y antiperonismo son sentimientos antes que posturas analíticas. Y los sentimientos no se discuten ni rebaten ni revierten fácilmente.

    La ideología es un fenómeno interesante jutamente porque varía más de los que creemos. A mí lo que me llama la atención (y me entristece un poco) es que el cambio de izquierda a derecha (lo protagonizaron tipos como Vargas Llosa o Sebreli) se da con más frecuencia que el camino inverso. Creo que la edad nos hace más proclives al aburguesamiento, y por lo tanto a analizar la realidad desde una comodidad que no queremos perder y que algunos tampoco quieren compartir.

  12. Cuando dije que “no importa lo que hizo Perón” me refería al contexto de esas discusiones, es decir, nadie está discutiendo de historia realmente (aunque aparente tratarse de eso). Obviamente que la historia es o debería ser una materia fundamental. Lo que digo es que todo está condicionado por los valores éticos de cada uno.

  13. Entendí eso, Aberel. Y justamente es eso con lo que no estoy de acuerdo. Creo que importa discutir en torno a hechos -además de valores éticos- para escaparle un poco a la cuestión epidérmica que nos deja estancados en un mismo lugar.

  14. “Afinidades electivas”.

    Goethe decía, y cito para hacerme el importante, que siempre se da primero la elección espontánea, y después la justificación. Pascal andaba por ahí también. Freud lo pondría en términos de “trago o escupo”. Rozitchner (Leon, por favor) hablaría de las determinaciones sensibles, arcaicas, de nuestra “razón”.,Y yo no podía ser menos, claro.

    Me parece que hay dos planos:
    Un “deber ser” que plantea la spectatrice, que incluye una instrucción, una elección analítica en base hechos, y un “lo que sucede actualmente” (sin que detecte una valoración positiva de ese acontecer) de parte de Aberel.

    Me quedé pensando por otra parte, con cierta tristeza, en eso que mencionás. Spectatrice. Se ve mucho más un vuelco a la derecha con el paso del tiempo, que el proceso inverso. Que mal me cae Vargas Llosa, por cierto.

    Es como decía Malfalda: sonamos, o nos apuramos a cambiar el mundo o al final es el mundo el que lo cambia a uno.

    Uff. Muchas citas por hoy.
    Saludos, tanto tiempo!

  15. Estoy de acuerdo con Aberel y con Dolina, creo que nadie vota a un candidato leyendo su plataforma. Por lo general uno vota por empatía, por la línea que más o menos corresponde con nuestras intuiciones, por cierta confianza hacia alguien o por oposición a algo, es decir vota contra alguien y no a favor.
    No me parece ilegítimo, hay algo en la política que justamente trasciende o al menos amplía lo exclusivamente racional que puede ser incluido en una plataforma. El problema, me parece, aparece cuando esa componente ideológica atenta contra el propio soñador.

    Raymond Aron, un brillante intelectual asesor de De Gaulle, escribió sobre la paradoja de la izquierda intelectual francesa que apoyaba gobiernos que, como el de Stalin, la hubiera perseguido sin tregua.
    Algo similar es lo que ocurre con la clase media argentina. La edad nos hace más proclives al aburguesamiento, como bien señala la Spectatrice. Pero eso no es, creo, el drama de esa clase. Su problema, nuestro problema, es que justamente no defiende sus intereses. Como un tío mío (siento volver a sacudir mi árbol genealógico), que era antiperonista y socialmente casi lumpen, que vivía de changas y del sueldo de docente de mi tía pero que en la época de Martinez de Hoz sostenía en la mesa familiar que el problema de la Argentina era el exceso de Estado. Una persona que se había educado gracias a ese Estado, cuya salud y bienestar dependía de ese Estado y sobre todo una persona a quien el mercado nunca había detectado, sostenía un discurso que lo condenaba.

    Como mi abuelo, como el cochero de Proust, como mi amigo industrial o los intelectuales franceses, mi tío gorila soñaba formar parte de un club que en realidad no solo lo excluía sino que además lo condenaba a la ruina.

  16. El hermano de un conocido mío (para nada un amigo) una vez dijo “el mundo está hecho para un 2%; yo espero llegar a ese 2%”. Sus posibilidades son nulas, claro.

    Un compañero de trabajo, por cierto inteligente y MUY leído, me bombardea constantemente con frases como “lástima que no fuimos colonia inglesa”, “la cultura occidental (blanca) es superior”, “los negros nunca hacen nada bien”. El tipo es un morocho, en una sociedad racista como la que él sueña, apenas sería lavacopas.

    Y así siguiendo…

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