Filhos do carnaval

Desde principios de octubre, HBO emite la segunda parte de Filhos do carnaval en las franjas horarias que True blood liberó al término de su (también segunda) temporada. La coproducción norteamericano-brasileña hereda un espacio desperdiciado. De hecho, la secuela de los vampiros redneck tiró por la borda las ilusiones del comienzo para convertirse en un engendro difícil de tolerar (y pensar que una tercera saga está en marcha).

Dada esta realidad, cualquier modificación en la programación es bienvenida. En este caso, el cambio es radical: pasamos de la ficción con pretensiones fantasiosas a la ficción con pretensiones de realidad.

Filhos do carnaval aporta su granito de arena al retrato imaginario que la televisión premium made in USA le dedica a Latinoamérica. Por un lado, aporta color local en comparación con un producto más neutro como la argentina Epitafios (cuya acción –señala Ana– transcurre «en una ciudad que no se nombra, pero que -sabemos- es Buenos Aires»); por otro lado extiende el sensacionalismo de la mexicana Capadocia (que se concentra en una cárcel de mujeres ubicada en las afueras del Distrito Federal).

Filhos do carnaval se suma a Epitafios y Capadocia como representación de la realidad latinoamericana.

Bajo la dirección de Cao Hamburger (el mismo de El año que mis padres se fueron de vacaciones), la historia de los hermanos Gebara se luce por una estética cuidada, absolutamente consciente de que una imagen vale más que mil palabras. Pero al mismo tiempo, aún cuando la acción tiene lugar en la imponente Río de Janeiro, los exteriores escasean.

Quizás esta decisión responda a la idea que muchos se hacen de una ciudad sinónimo de ilegalidad, inseguridad y delincuencia. Después de todo, Hijos del carnaval alimenta ese estereotipo a partir de una trama atravesada por los negocios turbios (en especial, el juego clandestino), las internas mafiosas, las escolas de samba como «cortina de humo», las favelas como semillero delictivo, la violencia como lenguaje universal.

Claudinho Gebara vive en un penthouse digno del documental Um lugar ao sol y fiel indicador del presupuesto (generoso) que maneja la producción. Su condición de (¿único?) hijo legítimo de un padre padrone abre un abanico de situaciones cuya cuota mafiosa adquiere un ritmo carioca cercano al de ciertas telenovelas de la Red O Globo, por ejemplo Vale todo.

Para consuelo del público fiel a la franja horaria recién renovada, es poco probable que Filhos do carnaval involucione como True blood (se necesita talento para desvirtuar tanto un buen guión original). Aún así, la segunda temporada de esta coproducción norteamericano-brasileña corre el riesgo de provocar indiferencia entre los televidentes cansados del retrato imaginario que la televisión premium made in USA suele dedicarle a Latinoamérica.