Cuestión de principios

Cuestión de principiosLa adaptación cinematográfica del cuento Cuestión de principios se estrena antes que la de Boogie, el aceitoso, cuyo trailer ya proyectan algunas salas. De esta manera inaugura el homenaje que el cine nacional le rinde deliberada o casualmente a Roberto Fontanarrosa, dos años después de su muerte. También genera, además de diversas impresiones, las siguientes dos preguntas: ¿hasta qué punto la obra del Negro es trasladable a la pantalla grande?; ¿es posible que el tiempo que llevamos extrañando al escritor y humorista gráfico juege en contra de cualquier intento por recuperarlo?

Probablemente sea más difícil adaptar un cuento que una historieta porque al menos ésta ofrece la ventaja visual, es decir, la opción de conquistar al espectador a partir de la reproducción de un trazo inconfundible. A lo mejor por eso Rodrigo Grande usa para los créditos de su película la misma tipografía que Fontanarrosa para los textos de sus dibujos.

Lamentablemente el truco no alcanza para disimular las deficiencias de un guión que, aún co-escrito por el mismísimo Roberto, reduce el ingenio fontanarrosano a la mínima expresión, a escenas y parlamentos contados con los dedos de la mano. Por ejemplo, cuando Reiner explica su teoría sobre la infidelidad como base del matrimonio, cuando la cámara muestra en un segundo plano los personajes subversivos que desfilan por el protector de pantalla de la computadora del protagonista, o cuando la ciudad de Rosario y los rosarinos le agregan color local al relato.

Tal vez erradamente, algunos intuimos que Sarita es el personaje más perjudicado por esta adaptación. Por un lado, cuesta creer que el Negro la haya imaginado de una manera tan estereotipada, tan carente de gracia. Por otro lado, ésta no es la mejor interpretación de Norma Aleandro.

En cambio, quienes mejor se desempeñan son Federico Luppi (que, para sorpresa de muchos, se libera de sus tics habituales a la hora de encarnar a Castilla), Pepe Novoa y Mónica Antonopulos (cuyos papeles secundarios nos recuerdan cuán buenos son estos actores hace tiempo alejados del cine y la televisión). Pablo Echarri, por su parte, encarna a un Silva convincente pero muy parecido al Tano de Las viudas de los jueves (la sensación de déjà vu resulta inevitable para quienes vimos el film de Marcelo Piñeyro).

Sin Fontanarrosa en el medio, Cuestión de principios sería recibida como una comedia costumbrista rescatable por cuatro motivos fundamentales: porque no se ambienta en la Ciudad de Buenos Aires (punto a favor para los que creen en una Argentina federal); porque no lleva el sello de Pol-ka (¿quién dijo que el género costumbrista es propiedad intelectual de Adrián Suar?); porque -a diferencia de otras producciones indigestas– no cae en la tentación de imitar el grotesco que sólo Alejandro Doria supo dominar; porque los parlamentos, las actuaciones y las escenas bien logradas consiguen la aprobación general.

El problema es que, para algunos, la obra del Negro no es apta para la pantalla grande. Y además el tiempo que llevamos lamentando la pérdida del escritor y humorista gráfico desluce cualquier intento de recuperación.