Sector 9

District 9En contra de lo inferido a partir de una combinación desafortunada de trailers, Sector 9 demuestra que el infierno no son los otros. Al contrario, en la propuesta del sudafricano Neill Blomkamp los demás (criaturas extraterrestres) son víctimas de nuestra predisposición ¿genética?, ¿psicológica?, ¿histórica? para discriminar, marginar, destruir, perseguir, torturar, matar.

Aunque no abandona el objetivo de entretener, la ciencia ficción recupera aquí su faceta crítica en términos sociales (contra una sociedad excluyente, represora, criminal) y narrativos (contra el prototipo de héroe invencible por su fortaleza moral y eventualmente física). Esto hace que el guión de Blomkamp y Terri Tatchell resulte original entre tantas producciones de temática alienígena cortadas por la misma tijera.

Para empezar, el documental ficticio que inicia la película señala la particularidad de que los marcianos (por llamarlos de una manera clásica) no desembarcaron en Washington, Manhattan o Chicago sino en Johannesburgo. En segundo lugar, cabe destacar su estado de total vulnerabilidad (una nave varada sobre la ciudad los condena a un exilio de enfermedad, desnutrición y marginación) y, por lo tanto, su condición de minoría en absoluta desventaja.

El pequeño ET que Spielberg imaginó en 1982 y los parientes concebidos cinco años antes en Encuentros cercanos del tercer tipo son los predecesores cinematográficos más directos de estas «langostas» (así bautizadas por los terrícolas sudafricanos) en principio pacíficas. La gran diferencia es que, en un país signado por el apartheid, nadie les da la bienvenida. Incluso quienes sufrieron/sufren en carne propia las iniquiedades del separatismo blanco exigen su erradicación en un campo de concentración.

Por otra parte, a diferencia de sus antepasados de celuloide, estos representantes del espacio exterior desagradan desde un punto de vista estético (su anatomía evoca más un insecto que un ser de inteligencia superior). Quizás Blomkamp y Tatchell lo hayan querido así para que los espectadores compartamos de algún modo el rechazo que la ciudadanía johannesburguesa siente por los intrusos; quizás porque prefirieron acatar una regla que ¿sólo Ray Bradbury? se atrevió a romper cuando en Crónicas marcianas imaginó extraterrestres más bellos que nosotros.

District 9 también interesa por la constitución heróica de su protagonista Wikus Van De Merwe. Este alfeñique al servicio de la política de Migraciones se convierte en una especie de llanero solitario muy a pesar suyo, y movilizado casi exclusivamente por el objetivo de salvar su propio pellejo además de su pertenencia a la raza humana (en este punto, podríamos retomar aquella discusión sobre cuán noble es concientizar sobre la infamia del genocidio a partir del ejercicio de identificarse con el grupo condenado).

El mestizaje genético del cual es objeto salva a Wikus de su función de idiota útil y le revela «la cara oculta» de la realidad que él creía conocer a la perfección. La riqueza del personaje radica en esa transición que lo lleva, no a encarnar un heroísmo absoluto, monolítico, inquebrantable sino a reconsiderar los valores de la condición humana, entre ellos la capacidad de reconocer al prójimo, independientemente de cuáles sean su origen y su apariencia.

Sector 9 también explota recursos típicos del entretenimiento alienígena: la sucesión de escenas vertiginosas que a veces resultan abrumadoras (por ejemplo, las que hacen al asalto a la central de MNU para rescatar el cilindro con fluido gris), cierta escatología al servicio de la explicación científica (la pérdida de sustancia negra y de las uñas en Van de Merwe), la puesta en escena de «juguetes» especiales reincidentes (¿hacía falta la intervención de ese transformer, cerca del final?), el despliegue de una violencia para algunos demasiado manifiesta (el villano Pienaar la encarna en todo su esplendor).

En este sentido, el trabajo de Blomkamp pierde en términos de originalidad. No importa. Aún así, la experiencia de esta producción que respalda Peter Jackson vale la pena, sobre todo para quienes creemos en la capacidad crítica y concientizadora de la ciencia ficción.