¿El infierno son los otros?

El género de terror, siempre funcional.La huérfana y Sector 9 desembarcan hoy en la cartelera porteña. Semanas atrás, los avances de ambos films y de El destino final (que se estrenó el jueves pasado) se proyectaban casi al hilo en las salas más concurridas. Probablemente por esa edición serial, los tres trailers terminaron conformando una suerte de cortometraje capaz de confirmar aquello que Jean-Paul Sartre escribió en un contexto muy distinto y distante: que el infierno son los otros.

Antes de continuar, conviene evitar confusiones y señalar el abismo que separa a Hollywood del existencialismo. Por lo pronto, la industria cinematográfica siempre se las ingenia para que «los otros» problemáticos, peligrosos, temibles sean ajenos a ese «nosotros» que conformamos los simples espectadores, consumidores pasivos -aunque entusiastas- de un terror liberador.

En cambio las reflexiones sartrianas y camusianas jamás despojan a la otredad de su condición humana, y por lo tanto sostienen que «nosotros» somos tan responsables como «ellos» (y viceversa). Así el infierno terrenal existe porque -por acción, omisión o indiferencia- lo generamos todos, incluso aquellos consumidores del horror cinematográfico.

Volviendo a los avances mencionados, impresiona la coincidencia de presentar al mal como obra de un agente externo, con características sobrenaturales: en La huérfana se trata de una nena adoptada (de origen dudoso), en Sector 9 son los extraterrestres (que, valga la inquietud, a lo mejor no resultan tan nocivos como parecen) y en El destino final es la mismísima Muerte.

Ante una pantalla apocalíptica, los espectadores nos vemos forzados a identificarnos con esos pobres mortales arrinconados por seres ajenos a este mundo y empecinados en destruirlo. Los súperpoderes del enemigo nos transforman en una réplica del David que enfrentó a Goliat.

Posiblemente las tres producciones recién estrenadas nos tranquilicen con un desenlace inspirado en el duelo bíblico. Sin embargo, la sospecha de un final feliz (o al menos reparador) no consigue consolarnos a quienes nos sentimos impresionados por la representación sensacionalista de una maldad / perversión externa, foránea, extemporánea.

Al estimular el miedo a lo extraño, a lo desconocido, a lo que se encuentra fuera de nuestra cotidianeidad/normalidad, películas como La huérfana, Sector 9 y El destino final nos liberan de toda responsabilidad respecto del ejercicio de la violencia. Por eso hay quienes pueden disfrutar de golpes, empujones, mutilaciones que héroes y villanos intercambian con total desparpajo sin afectar la integridad física (y en principio mental) del público presente.

Aunque parezca mentira, el infierno también son los otros para Hollywood. Pero estos otros son elementos inhumanos, intratables, irrecuperables. Por lo tanto no admiten posibilidad de reencuentro o reconciliación.

También son personajes funcionales. De hecho, justifican la creencia de que la violencia es obra exclusiva de individuos inadaptados, marginales, subversivos, criminales (otra vez, irrecuperables) y de que, para combatirla, es necesario responder con más violencia… o contar con un fuerte aparato represivo.

Por lo visto, ésta es la única alternativa para los espectadores derechos y humanos preocupados por mantener algún tipo de reserva moral en el averno que nos toca atravesar así en la pantalla grande como en el mundo real.