Las viudas de los jueves

Adaptación del libr de Claudia PiñeiroPor momentos, la adaptación cinematográfica que Marcelo Piñeyro hace de la novela Las viudas de los jueves parece el complemento de Una semana solos (si la película de Celina Murga gira en torno a unos chicos que quedan al cuidado de su mucama en el country donde viven, el estreno aquí comentado se concentra en quienes bien podrían ser los padres ausentes). Por momentos, parece la versión «seria» de Amas de casas desesperadas (la ocurrencia va más allá del detalle de que Gabriela Toscano actúe tanto en el film como en la localización que Pol-ka produjo hace tres años).

En definitiva, la referencia por partida doble remite a un mismo fenómeno: el interés que últimamente despiertan los barrios privados o, dicho de otra manera, la actualización que la literatura, la televisón y el cine proponen del viejo refrán «pueblo chico, infierno grande». En este sentido, Mavi y Ronnie, Teresa y el Tano, Lala y Martín, Carla y Gustavo son -además de los protagonistas de un misterio a develar- los representantes de un tipo de argentino que explica en gran medida la trayectoria de nuestra sociedad.

Algunos encontrarán que la caracterización social de las cuatro parejas es un tanto forzada. Por un lado, Piñeyro orilla en el cliché (por ejemplo, cuando insiste en que el Tano se siente en un cómodo sillón a tomar whisky frente a un espejo) y la exageración (al principio sobre todo, resulta desmedida la utilización de expresiones norteamericanas en el discurso de los personajes).

En consonancia con los lugares comunes del guión, los actores se lucen poco. Quizás los más convincentes sean Ana Celentano, la mencionada Toscano, Leonardo Sbaraglia y el joven Camilo Cuello Vitale. A Ernesto Alterio y Juan Diego Botto habrá que reconocerles el talento para desprenderse del acento español e incorporar la tonada porteña casi a la perfección y a Juana Viale, el esfuerzo por no caer en la tentación de interpretarse a sí misma.

Presa del estereotipo narrativo y actoral, Piñeyro se queda corto a la hora de transmitir pasión (por ejemplo, cuando Teresa se confiesa ante Carla), osadía (cuando Ronnie y Mavi deciden emprender un cambio radical), insolencia (cuando el Tano, Martín y Gustavo eligen negociar con la Parca), resentimiento (cuando el vigilador se desquita con Trina). Falta entonces la emoción que deberíamos encontrar en un relato signado por la intriga que generan tres muertes ¿accidentales? y por los avatares de una crisis nacional (cabe señalar que el film se ambienta en nuestro país a fines de 2001).  

Difícilmente alguien pueda probar que Las viudas de los jueves es una mala película (nobleza obliga, no lo es). En el peor de los casos, es fiel exponente de una manera de hacer cine cuyo mayor logro es su insípida prolijidad.

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Aquí, la reseña sobre el libro.