La ola

La olaDifícilmente La ola provoque indiferencia; y difícilmente podamos circunscribirnos a la cuestión cinematográfica (técnica) cuando la comentemos. Es que la película de Dennis Gansel propone un ejercicio de reflexión histórico-político-social que la mayoría consideramos interesante, incluso necesesario, pero cuya modalidad pedagógica nos impide dedicarle un elogio incondicional.

Cuando nos concentramos en el axioma postulado a partir de la recreación del experimento que Ron Jones realizó en un colegio secundario norteamericano hace 40 años, creemos vislumbrar cierta noble intención en el realizador alemán. Por lo pronto, en contra de la corriente cinematográfica que reduce el nazismo a la obra de unos cuantos psicópatas/villanos, este largometraje se esfuerza por probar que -nos guste o no- todos somos terreno fértil para la semillita del fascismo.

Gansel explicita su tesis desde el principio, cuando les hace decir a los alumnos de un 5° año teutón y contemporáneo que están hartos de asumir la culpa por el holocausto y que se sienten inmunes contra cualquier amague totalitario. Tamaña introducción nos permite suponer que el largometraje se encargará de demostrarnos todo lo contrario.

Justamente éste es el primer gran defecto de La ola : la premeditación con la que desarrolla su argumentación, algo que algunos espectadores interpretarán como manipulación y que otros podemos atribuir al ámbito de lo previsible. De hecho (y aquí quienes no vieron el film harán bien en «saltar» al párrafo siguiente) desde el vamos podemos adivinar el trágico final que se cierne sobre el inestable Tim, la reconciliación entre los populares Marco y Karo y el castigo ejemplar para el osado profesor Wenger, crisis de pareja incluida.    

El segundo gran defecto de este trabajo remite a una sumatoria de paradojas que podemos sintetizar en los siguientes tres puntos:

1.- Gansel nos invita a reflexionar y sin embargo, porque su argumentación se inscribe en un esquema bastante lineal o cerrado, nos deja poco espacio para sacar conclusiones al margen de las que él mismo despliega. Esta preocupación excesiva por convencer al público se contrasta con la actitud mucho menos controladora -y más arriesgada- de Laurent Cantet cuando nos invita a pensar la debacle del sistema educativo francés con Entre los muros.  

2.- Todo experimento supone una dosis de intriga o incertidumbre y sin embargo, desde el principio, esta película establece conexiones demasiado evidentes. Además del discurso estudiantil, una serie de elementos anticipa el paralelismo que acerca los jóvenes de hoy al comportamiento de la juventud hitleriana: la mano que dibuja una onda remite al brazo derecho extendido; la ola convertida en graffitis nos recuerda la omnipresencia de la cruz esvástica; las camisas blancas en lugar de las camisas pardas, entre otros.

3.- Por un lado, el guión explota conceptos y símbolos que presenta como instrumentos de convocatoria y adoctrinamiento dictatoriales. Por otro lado, la campaña de prensa explota los mismos conceptos y símbolos para promocionar la película (su sitio oficial en castellano así lo demuestra).

Dicho esto, La ola es menos indignante de lo que sostienen algunos críticos y menos estimulante de lo que sugiere la enorme repercusión obtenida en Alemania y en festivales internacionales. Sin dudas, su mayor mérito escapa a la cuestión cinematográfica (técnica) y radica en la intención de alertar sobre el enano fascista que, más o menos reprimido, todos llevamos dentro.