El secreto de sus ojos

Adaptación del libro La Pregunta de sus Ojos, de Eduardo SacheriEl estreno de El secreto de sus ojos suscita, en la mayoría de críticos y espectadores, cierta voluntad de celebración. La bienvenida generalizada consiste en elogiar el regreso de la dupla conformada por Juan José Campanella y Ricardo Darín, el tino de desencasillar (al menos hasta cierto punto) a Guillermo Francella, el poder de convocatoria de una adaptación cinematográfica que sabe combinar elementos del thriller policial con una fuerte dosis de romanticismo y una firme intención de recordar los inicios del terrorismo de Estado que en la Argentina se impuso a principios de los años ’70.

Pocos se animarán a discutir la química que Campanella y Darín transmiten, junto a Soledad Villamil, como equipo de trabajo (hace una década, descubrimos las bondades de este trío gracias a El mismo amor, la misma lluvia). A lo sumo algunos nos permitimos señalar que director y actor tienen su techo creativo, y que esta película lo representa de la manera más elocuente.

Podemos decir algo similar de Francella. Es cierto que el actor cómico sorprende gratamente en un contexto dramático pero también es cierto que no puede deshacerse de sus tics televisivos cuando el guión le exige mostrar la picardía criolla de Sandoval (si de revelaciones humorístico-dramáticas se trata, algunos preferimos subrayar la breve intervención del contador de chistes José Luis Gioja, aquí convertido en el comisario Molinari).

Asimismo cabe aclarar que -además de Darín, Villamil y Francella- se destacan Javier Godino (nos salva de uno de los gajes más comunes de la coproducción internacional: que el actor elegido por la productora extranjera, en este caso española, encarne a un personaje incluido con forceps en el guión), Mario Alarcón (el juez), Mariano Argento (prosecretario del juez).

En cambio, la actuación más anodina es la de Pablo Rago, quizás por indicación de los guionistas. ¿Eduardo Sacheri y Campanella habrán pedido un Ricardo Morales ambiguo, frío -léase inexpresivo- para que los espectadores lo sospechemos culpable de algo?

Sin dudas, una de los mayores virtudes de El secreto de sus ojos es su capacidad para alternar naturalmente (es decir sin flashbacks burdos) entre el pasado y el presente, y su destreza a la hora de deslizar episodios de la historia nacional entre las bambalinas de un crimen y del (des)encuentro amoroso entre los protagonistas. Del mismo modo, el largometraje sabe navegar entre aguas trágicas salpicadas con un sentido del humor que hace a la idiosincrasia a la vez porteña y leguleya (y/o tribunalicia).

Sin embargo, estos aciertos no lo eximen de algunos defectos que se exacerban al final: escaso poder de síntesis, amagues de estereotipación y algunas vueltas de tuerca previsibles, con sabor a moraleja calculada.

Pero a pesar de estos reparos, la última película de Campanella es la mejor de su cosecha y una bocanada de aire fresco para quienes dicen estar cansados de la fijación del cine argentino por un pasado que -en medio de una actualidad nacional tan agitada– conviene recordar. Por otra parte, la cálida y casi monolítica bienvenida de público y crítica prueba cuán efectivo resulta un sello que, algunas comparaciones mediante, con el tiempo parece mejorar.