Coraline y la puerta secreta

Reseña redactada por Ariel.
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CoralineLa respuesta fanatizada es unánime pero errónea cuando a la mayoría se le pregunta quién dirigió la ya famosa (y mal llamada) El extraño mundo de Jack. Si bien la historia, los personajes y la atmósfera oscura de la cinta de 1993 estuvieron a cargo de Tim Burton, Henry Selick fue y será el gran titiritero que -con paciencia, saliva y una gran dosis de amor al arte- se ocupó de darles alma y vida a los habitantes de la tierra de Halloween.

La dupla creativa se repitió en 1996 con la producción de Jim y el durazno gigante, y otra vez el nombre del director se vio opacado. En general, los espectadores esperaron encontrar el sello burtoniano, y por lo tanto ignoraron al hombre detrás de camára.

Por suerte Selick tuvo su revancha a principios de 2009 cuando, tras cuatro años de producción, estrenó Coraline y la puerta secreta, basada en una historia original del escritor Neil Gaiman. Quienes lo conocen dicen que don Henry maneja como nadie la exhaustiva técnica de stop motion moviendo y fotografiando los muñecos, dándoles sensación de vida. Sin dudas, esto se nota a lo largo de la hora y media de película.

Coraline es la hija única de un matrimonio chato y monótono que se muda a una vieja casona. Para no molestar a sus padres (que se la pasan trabajando con sus notebooks), comienza a inspeccionar la vivienda rincón por rincón, hasta toparse con una pequeña puerta que parece sellada. Al abrirla, la niña se encuentra con un universo y familia paralelos que le ofrecen todo lo que sus progenitores no le dan: desde cariño y atención hasta su comida preferida.

Coraline se traslada a un enigmático hogar paralelo

La protagonista se siente a gusto en este lugar hasta que… Bueno, los interesados en saber más tienen que ver la película. Sólo puedo decir que, durante sus primeros cincuenta minutos, la historia parece apta para los más chicos pero luego se torna bastante sombría (de hecho, los colores pastel del mundo paralelo se vuelven de tal gris oscuro que la verdadera casa de Coraline, de por sí poco iluminada, parece el «hogar, dulce, hogar»).

¿Qué decir de la técnica utilizada? Personalmente admiro a todos y a cada uno de los que hacen productos así: desde el que crea una marioneta o escenografía hasta el que manipula el muñeco para transmitir movimiento. Todo aparece hecho con mucha dedicación. Y eso, en pleno siglo XXI, en medio del auge de la animación computarizada, se agradece bastante.

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PD. Digan si las vecinas de Coraline, las artistas de music hall Spink y Forcible, no les hacen acordar a Las trillizas de Bellville.