La felicidad trae suerte

La felicidad trae suerte, o Happy-go-lucky¿La felicidad trae suerte es realmente una lección de optimismo? En la entrevista que le concedió a Página/12, Mike Leigh contó que su último largometraje lo conectó «con el aspecto más luminoso de la vida» y con un personaje cuya «fuerte energía positiva» contagia el relato cinematográfico. Mientras tanto, en ese mismo diario, Mariano Kairuz escribió que los espectadores debemos «hacer un esfuerzo para no volvernos un poco cretinos y desearle (a la protagonista Poppy) un accidente violento que borre por un rato esa sonrisa que le cuelga de la cara en casi toda circunstancia». 

A lo mejor ésta no sea la película más redonda del reconocido realizador británico, sobre todo cuando la comparamos con la insuperable Secretos y mentiras. Probablemente algunos espectadores le reprochen la omnipresencia del personaje principal, la inclusión de escenas algo forzadas (por ejemplo la del encuentro casual con un homeless) y una duración excesiva (defecto también presente en El secreto de Vera Drake).

Al margen de estos aspectos cuestionables, el film se destaca por retomar una vieja discusión interesante: aquélla que gira en torno al optimismo/pesimiso, es decir, a cómo elegimos «pararnos» frente a la vida y al prójimo. De ahí que, para algunos, Poppy encarne a una de esas «millones de personas en el mundo entero (…) que tratan de salir adelante con lo mejor que tienen» (otra vez, Mike dixit) y, para otros, represente una versión aggiornada -igualmente irritante- del Cándido que Voltaire imaginó en el siglo XVIII.

La ascendente Sally Hawkins se luce en la interpretación de una maestra jardinera que, en contra de las apariencias, dista de ser como la Alelí de Polémica en el bar (los argentinos recordarán a la manicura rubia que se reía por cualquier cosa). La mirada de la actriz sugiere que el entusiasmo, la testarudez y la bonhomía de su personaje son apenas un recurso para enfrentar estados de angustia, melancolía, desesperanza.

La felicidad trae suerte también se destaca por la actuación de Eddie Marsan (el apocalíptico e iracundo instructor Scott), por la ocurrencia de exagerar el contraste entre optimismo y pesimismo a partir de las clases de flamenco (danza experta en combinar pasión y tragedia, y en sacudir la abulia british), y por compartir una mirada piadosa sobre la condición humana.  

Aunque ésta no sea la mejor película de Mike Leigh, igual vale la pena verla… Para disfrutarla, basta con ignorar algunos aspectos cuestionables y saber distinguirla de una simple lección de optimismo.