El arte moderno que no practico

Reseña redactada por Ana.
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No bajo ni grabo películas de InternetA cualquiera que me pregunta se lo digo sin pudor: no “bajo” ni grabo series televisivas ni películas de Internet. Todavía no vi el final de la quinta temporada de Lost y, recién la semana pasada, empecé a mirar la última temporada de la (eterna) ER. Y no morí.

No es por falta de recursos (aunque en nuestro país no sería algo extraño) o de conocimientos técnicos (¡todo se puede aprender online!). La conducta se reduce a una síntesis de costumbres y preferencias.

Aunque a veces odio cuando los responsables deciden repetir capítulos de una misma temporada, me gusta dejarme llevar por la programación televisiva. Así, he descubierto joyas como Homicide: life on the street y Ned & Stacey.

Me falta paciencia para otras cuestiones, pero no para ésta. Puedo esperar tranquila, sabiendo que voy a ver imágenes de calidad con sólo mover el dedo especializado en activar el control remoto el día indicado.

Lo mismo me pasa con las películas. Me deprimo al recordar que vi Los infiltrados en el televisor de mi suegra cuando todavía la pasaban en las salas de cine. Y no era que la imagen estuviera cortada o los subtítulos desfasados o el sonido fuera malo; son simplemente dos experiencias distintas.

No me interesa verlo antes o al mismo tiempo que “allá” (argumento que suele ser el más utilizado por los defensores de esta práctica tecnológica moderna). Quiero verlo bien, y con eso me alcanza.

Mirar series, películas en TV o PC. Ésa es la cuestión

¿A quién puede ocurrírsele que Wolverine sin su posproducción completa conserva su espectacularidad? Realmente, si no puedo ir al cine, espero el DVD. Ésta es mi segunda opción, tanto para las películas como para las series.

¿Postura “anti-piratería”?… No lo creo. Debo confesar que yo misma he comprado copias por importes más bajos.

Largos debates se generan cuando en una conversación los interlocutores comparan el precio de las copias originales y de las entradas de cine con la «gratuidad» que supone la posibilidad de conseguir versiones de Internet. Cuando me toca hablar, repito lo mismo: priorizo el ver bien, la calidad en términos de imagen y sonido, antes que la ventaja económica o la primicia.

Entiendo que todo cambia, que hay que adaptarse a los tiempos. Incluso en algún momento tendré que modificar mi vieja práctica televisiva, porque el futuro de la TV misma (ésa que me gusta a mí) está en la Red.

¿La nueva tecnología será una mezcla de ambas cosas? ¿Podré encargar por Internet lo que quiero ver, algo personalizado? No lo sé; para eso falta un tiempo… Mientras tanto, sigo fiel a mi programación habitual.