¡Porque yo lo digo!

¡Porque yo lo digo! o ¡Porque lo digo yo!¿Tiene sentido redactar la reseña de un largometraje tan fallido como ¡Porque yo lo digo! o ¡Porque lo digo yo! (Because I said so! es el título original)? Es que, si la autora de este post ya defenestró a una, dos, tres comedias romántico-familiares, si evitó publicar su opinión sobre este otro bodrio, ¿por qué apostar al dudoso interés de un cuarto intento?

Estrenada hace dos años en la cartelera porteña, hoy la película de Michael Lehmann se encuentra al alcance de la mano en los videoclubs grandes, medianos y chicos (por alguna razón, el afiche ocupa un lugar de privilegio en los escaparates), y en el menú interactivo de la pantalla de la televisión por cable (¡servicio premium!). La omnipresencia inmerecida causa curiosidad, y la curiosidad engendra la necesidad de transcribir las siguientes observaciones…

Para empezar, cabe señalar que Lehmann es un hombre de la industria catódica, exitoso para quienes tengan en cuenta que dirigió episodios de True blood, Big love y Californication entre otras series renombradas. Asimismo, debemos recordar la carrera prolífica de Diane Keaton, actriz fetiche de Woody Allen y dueña de un talento especial para el humor.

Curiosamente, la contundencia de estos antecedentes curriculares se desvanece por obra y gracia de un guión plagado de lugares comunes (por lo tanto previsible) y signado por la caracterización ultra estereotipada de acciones y personajes. Sus autores Jessie Nelson y Karen Leigh Hopkins son quizás los mayores responsables del fracaso narrativo y actoral.

Algunos diálogos entre mamá Daphne/Keaton y su retoño Milly/Mandy Moore son insoportables. Las exclamaciones se transforman en grititos agudos y los gestos, en morisquetas. Con suerte, la escena donde ambas actrices cantan junto a Piper Perabo y a la Gilmore girl Lauren Graham (las otras dos hijas en la ficción) es la más -¿la única?- rescatable de todo el largometraje.

Por lo demás, ¡Porque yo lo digo! o ¡Porque lo digo yo! es una película ñoña, sensiblera, funcional a una moralina solapada (¿cómo interpretar, sino, la historia de una madre soltera que hace todo lo posible por que su hija menor no repita sus errores, es decir, se case pronto y bien?). Otro habría sido el cantar si Nelson y Hopkins hubieran caracterizado a Daphne Wilder con algo de malicia y nos hubieran presentado -probablemente sin saberlo- una rara versión cinematográfica, crecidita, ricachona y angloparlante de Susanita.

A lo mejor así, esta reseña habría tenido sentido.