El artista

El artistaA mediados de esta década, los argentinos Gastón Duprat y Mariano Cohn sorprenden gratamente a sus compartriotas cuando producen el originalísimo micro literario-televisivo Cuentos de terror y, algunos años más tarde, cuando estrenan el elocuente documental histórico-político Yo Presidente. Ahora, en pleno 2009,  vuelven a dar en el blanco con El artista, especie de cita obligada para quienes conocemos la trayectoria de estos jóvenes realizadores y una buena oportunidad para conquistar a los cinéfilos que todavía se deben el descubrimiento de una dupla talentosa.

La invitación a la reflexión, a la participación activa del espectador, es una de las constantes en el trabajo de Duprat y Cohn. Así como los cuentos emitidos por I.sat nos proponen reconstruir las historias inventadas por Maupassant, Quiroga, Poe entre otros autores, Yo Presidente nos confía la interpretación de las declaraciones de Alfonsín, Menem, Duhalde entre otros ex jefes de Estado y El artista nos abre las puertas para pensar el fenómeno del arte.

El acercamiento a la literatura, a la política -en este film, a la plástica- se establece a partir del lenguaje televisivo/cinematográfico (sobre todo a partir de un muy buen dominio de la edición) y de cierto sentido del humor. Aquí no hay espacio para las pretenciones academicistas y por lo tanto para el tono/estilo intelectual, solemne, vetusto que a veces espanta tanto.

En El artista, el humor interviene de una manera más explícita que en los dos trabajos anteriores, sobre todo a la hora de retratar a la fauna que vive del arte: marchands, cazadores de talento, críticos, teóricos, colegas envidiosos, admiradores, snobs, colados, vigilantes, vividores. Curiosos ante el despliegue de estereotipos simpáticos (nunca burlones), aceptamos sumergirnos en un submundo que a la mayoría nos resulta paralelo, excluyente, críptico.

León Ferrari, Horacio González, y Rodolfo Fogwill acompañan a Laiseca y a Pangaro en esta escena del neuropsiquiátrico

Una vez más, Duprat y Cohn se distinguen por elegir planos que combinan expresividad con capacidad de síntesis. Los más representativos en este sentido son aquéllos que revelan la idiosincrasia de los distintos tipos de personas (o personajes) que asisten a una exposición de dibujos.

Una vez más, Duprat y Cohn recurren a la indiscutible ductilidad actoral del escritor Alberto Laiseca (aquí mudo, por exigencias del guión) y, al asignarle al músico Sergio Pangaro el rol co-protagónico, insisten en la condición multidisciplinaria del arte. Por si quedaran dudas sobre sus intenciones, también convocan al artista plástico León Ferrari, al director de la Biblioteca Nacional Horacio González y al escritor Rodolfo Fogwill para que -otra vez humor mediante- encarnen a los pacientes de un psiquiátrico.

La banda sonora de Diego Bliffeld y la fotografía son otros dos aspectos destacables de El artista, película que se permite abordar las cuestiones más profundas del arte sin solemnidad ni arrogancia pero con la picardía de girar en torno a una obra (unos dibujos) que los espectadores nunca podemos ver.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

6 respuestas a “El artista

  1. Me encantó la película!!!!! Realmente no hay que perdersela. Es una pena que sea exhibida en tan pocas salas.
    Gracias por todos los datos que agregás en la reseña. A mí particularmente me invita a conocer más acerca de la trayectoria de los realizadores.
    Una de las cosas que más me gustó de la peli es que personifica a las obras mostrandola como espectadoras de todo el circo que pasa por delante!!!!
    También la fotografía… hay algunas tomas que son arte como tales!

  2. Ésa es la gran contra del buen cine, Daniela: que suele exhibirse en pocas salas. 😦
    Después de ver El artista, declaro abiertamente mi admiración por Cohn y Duprat. Si podés ver Yo Presidente y alguna emisión de los Cuentos de terror, no dejes pasar la oportunidad…

  3. A mí me pareció una película muy inteligente, sobre todo porque si bien se burla un poco de la institución-Arte, hay un detalle que no se puede soslayar: la ausencia de las obras en cámara abre el juego de la imaginación. ¿Serán realmente buenos los dibujos del personaje de Laiseca? Imposible de saber, claro.
    Pero resulta que en el lugar de la obra está la cámara: donde los personajes miran un dibujo, estamos nosotros, los espectadores.

  4. A mi también me gustó y disfruté mucho mientras la vi. Pero me hicieron ruido algunas cuestiones.

    Creo que como chiste acerca del mundo del arte se queda sin remate, y para ser una reflexión sobre de qué es el arte y demás le falta profundidad (en este sentido me quedo con Aquiles y la tortuga, la última de Kitano).

    Sobre esto último hay un dato en la película que complica la cosa: cuando el personaje de Pangaro hace sus propios dibujos, el curador los ve y dice que son peores que los anteriores. Es decir: hay un saber, no es todo una gran chantada. De ahí la duda acerca de si la película no hace lo mismo de lo que se ríe.

    Sobre lo que plantea Velas a Balzac en el comentario de arriba, Diego Lerer escribió algo piola en su blog.

    Y, por último, coincido: creo que la elección del reparto es irreprochable.

    Saludos

  5. No he tenido oportunidad de ver la película, porque como bien se dice en comentarios de mas arriba solo se da en determinadas salas, pero a traves de este escrito, tengo un gran incentivo para apechugarle al frio y poder ver muy prontito el trabajo del gran Alberto Laiseca, mi buen amigo personal y excelente escritor.

    anónima

  6. Velas a Balzac: hay un motivo por el cual la cámara pone a los espectadores en el lugar de la obra de arte. En la película se dice que la obra de arte no está en la obra en sí, sino en quien la mira (citando a Duchamp). Y creo que esa es la postura adoptada por la película.
    Bueno, no sé si es un “motivo” pero sí es algo coherente. De hecho, no interesa en lo más mínimo saber si las obras eran geniales o puras pavadas, porque el foco no está puesto ahí, se entiende? por eso no se ven, no hace falta verlas.

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