Duplicidad

DuplicidadDespués de ver Duplicidad, quien suscribe recuerda el paralelismo entre cine y gastronomía e imagina que Tony Gilroy es un cocinero con todos los elementos a favor para deleitar a sus comensales. En este punto, cabe señalar que la mejor materia prima no hace tanto a un gran chef como la originalidad y el toque magistral de sus recetas. La aclaración explicaría el desencanto que provoca un plato cinematográfico en principio prometedor pero en definitiva desabrido, casi-casi sin sabor.

Julia Roberts y Clive Owen representan los ingredientes por antonomasia. Juntos, conforman la parte sustanciosa de una comedia romántica del recontra-espionaje que, por momentos y como bien sugiere el amigo Rinconete, parece inspirada (sólo inspirada) en Ayer otra vez de Jhonny To.

La pareja protagónica exuda química (los memoriosos creerán que rememora buenos tiempos), pero no la suficiente como para revertir o disimular los desaciertos de un guión verborrágico y previsible. Algo similar sucede con las actuaciones de los siempre valorados Tom Wilkinson y Paul Giamatti, cuya intervención tampoco cubre los excesos narrativos.

Aunque ocurrentes, los trucos de edición (por ejemplo la división de la pantalla en cuatro) no nos liberan del peso impuesto por parlamentos extensos y redundantes. Con buena voluntad, los espectadores adivinamos el objetivo de entretener (con un poco de comedia, romance y acción), homenajear (al género de espionaje) e ironizar (sobre el espionaje post-guerra fría, dedicado a la inteligencia empresarial) pero al final terminamos confirmando el dicho popular sobre un camino al infierno sembrado de buenas intenciones.

No cabe duda. En términos gastronómicos, Duplicidad está a la altura de esos platos de cuyo aspecto irresistible conviene desconfiar.