Jardines en otoño

Jardines en otoñoPor varios motivos, Jardines en otoño es una película poco convencional. Primero, porque su estructura circular (y si se quiere coral) se distingue de la fórmula a esta altura trillada que cuenta varias historias de principio a fin con el propósito de demostrar -como diría el atildado Pancho Ibáñez- que «todo tiene que ver con todo». Segundo, porque apuesta a un humor por momentos naïf, por momentos desopilante, pero nunca cínico ni agresivo/ofensivo. Tercero, porque parodia el mundillo de la política (de la política de Estado) sin intenciones críticas ni sentenciosas. Cuarto, porque le rinde homenaje a la vida sin caer en apreciaciones sensibleras.

Por si estas cuatro razones resultaran insuficientes, cabe mencionar la frutilla de la torta. Es decir, la participación del casi irreconocible Michel Piccoli, devenido en madre (sobre)protectora de un cincuentón a la deriva.

La bebida, la comida, los amigos, las mujeres, la música, los graffitis forman parte del elenco encargado de acompañar a Vincent en un ocaso que, en realidad, no es tal. Es que, en el universo imaginado por Otar Iosseliani, pocas cosas cambian cuando un ministro (de la Agricultura en esta oportunidad) vuelve al llano. A lo sumo, la cuestión jerárquica desaparece; no mucho más.

«Nada se pierde; todo se transforma». Con esta premisa en mente, el guionista, director -y en esta oportunidad, actor- georgiano (que conste, georgiano de la ex Unión Soviética) hace malabarismos con el contenido de una caja de Pandora. A saber: un séquito de personajes que se cruzan permanentemente; ropas y demás objetos que adquiere una amante de funcionario convertible en compradora compulsiva; distintos escenarios conformados por el salón dorado de un Ministerio, un bar, un jardín botánico, un departamento; juguetes antiguos (casi autómatas); un tucán y un guepardo.

Aunque ambientada en París y dirigida por un cineasta radicado en Francia, Jardines en otoño es dueña de una personalidad más eslava o rusa (por llamarla de alguna manera) que gala o francesa. De ahí, quizás, el retrato de una dirigencia gubernamental poco afecta al trabajo, la importancia acordada a las madres (madres de hombres grandes), la inclusión de padres de la iglesia ortodoxa en el paisaje humano, la particular combinación entre música, amigos, mujeres, cigarrillos y alcohol dispuesta a celebrar la vida.

Una vida más bien bohemia, libre, apasionada, que no se amedrenta ante ningún imponderable. Ni siquiera, tal como lo sugiere la apertura de este film tan poco convencional, ante nuestra condición de simples mortales.