De amor y desencuentro

Désaccord parfait, en francésAunque eternos rivales, ingleses y franceses coinciden en algunas conductas, por ejemplo, en subestimar a sus ¿hijastros? canadienses. Quienes conozcan -y se diviertan con- estas rencillas idiosincráticas, sabrán disfrutar de De amor y desencuentro, comedia romántica donde el chauvinismo sazona la historia del idilio, ruptura y reconciliación entre una actriz y un cineasta veteranos.

La película de Antoine de Caunes hace gala de tres aciertos. El primero: la retórica humorística nunca se convierte en verborragia indigesta. Al contrario, los primeros diálogos entre Alice d’Abanville/Charlotte Rampling y Louis Ruinard/Jean Rochefort, y las escuetas intervenciones de personajes secundarios (secundarísimos, a veces) revelan un buen dominio del timing de comedia y del recurso de la ironía.

El segundo acierto: un buen gusto estético y narrativo a la hora de retratar un romance otoñal. En una sociedad obsesionada con la eterna juventud, son pocos los films de ficción que nos recuerdan la existencia de la tercera edad y mucho menos frecuentes los que muestran a sesentones/setentones sanos, pícaros, enamorados, pasionales, sex(ns)uales. 

La química entre Rampling y Rochefort está presente tanto en los pasos de comedia como en el plano romántico. El desnudo de ella y la escena de amor entre ambos prueban la delicadeza y el respeto del guionista y director.

El tercer acierto: la conformación de un elenco que se encuentra a la altura de la pareja protagónica, y que incluye a Isabelle Nanty (algunos la recordarán por su trabajo en Amélie), Ian Richardson (exquisito, su lord inglés), Simon Kunz (impecable, su mayordomo), Raymond Bouchard (genial, su estereotipo de canadiense limitado), Charles Dance (si lo habremos visto hacer de malo) y James Thiérrée (nieto del mismísimo Chaplin).

Además de retomar las chicanas que franceses e ingleses suelen dedicarse entre sí y a su ¿descendencia? canadiense, además de jugar con las vueltas de la vida y del corazón, De amor y desencuentro también se mofa un poco del mundillo del espectáculo y de la arsitocracia british. La mordacidad de algunas líneas resulta inofensiva en un título que, por encima de toda ocurrente ironía, les rinde honores al amor, a dos grandes actores de la escena franco-británica y, porqué no, a la eventual misión reconciliadora del Eurostar.