Um lugar ao sol

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Espacio BAFICI 2009
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Um lugar ao sol es un ejemplo notable de buen cine hecho con muy poco. Con muy poco en términos de presupuesto, infraestructura, parafernalia, pero con mucho en términos de ocurrencia, astucia, persistencia. Posiblemente por esa inusual proporción, el documental de Gabriel Mascaro consigue que, como el pez, la alta burguesía brasileña también por la boca muera.

Justamente, la clave de este film está en dejar hablar a ocho propietarios de los penthouses más exclusivos de Río de Janeiro. Las preguntas no son capciosas, rebuscadas, agresivas ni mal intencionadas; sólo buscan que los entrevistados cuenten las ventajas de vivir frente a la playa, tan arriba, lejos del mundanal ruido y de los demás conciudadanos.

La mayor parte del tiempo, la cámara de Mascaro se instala delante de estos supuestos privilegiados y registra sus opiniones, confesiones y observaciones. Para los espectadores, el discurso -y no las imágenes- se convierten en verdadero objeto de estudio, fuente reveladora de un pensamiento por momentos clasista, por momentos mesiánico, por momentos místico, por momentos ingenuo, por momentos solapada/abiertamente canalla.

A falta de afiche oficial, una foto de Mascaro en plena filmación

Las fotos de los escasos exteriores que se cuelan entre los testimonios contrastan con reflexiones pretendidamente cristianas, ecologistas, comprometidas, solidarias. La sombra de los rascacielos en la arena, el mar contaminado con residuos de la construcción, la proliferación de placas lujosas con el nombre de los condominios remiten a una triste realidad que los entrevistados niegan, ocultan o simulan/prefieren ignorar.

Entre las declaraciones más desopilantes, se destacan las de una cuarentona que adora su departamento porque le evita el desagrado de escuchar el ruido que hace el personal doméstico, las de una congénere que compara las balaceras provenientes de las favelas con fuegos artificiales, las de una señora mayor cuyo perro fallecido (luego convertido en estatua) se llama(ba) Bush, las de un adolescente que sueña con emular a sus padres y comprar su propio penthouse cuando sea grande, las de un empresario de la noche orgulloso de sus dotes de líder nato y admirador de Nietzsche, las de un solterón fiestero que elogia esta iniciativa cinematográfica, tan «positiva y optimista».

¿Qué duda cabe? En Um lugar ao sol, el discreto Mascaro logra lo impensado: que, como el pez, la alta burguesía brasileña también por la boca muera.