A propósito de Gran Torino

No te enojes, EastwoodEn plena proyección de Gran Torino, me duermo poco después de que Walt Kowalski interviene para rescatar a Sue Lor del apriete de dos pandilleros negros y uno latino (¿o dos latinos y uno negro?). Despierto cuando la jovencita de origen chino llega a su casa con signos de haber sido violada, no por negros/latinos sino por patoteros miembros de su propia familia.

La distracción dura apenas quince minutos, lo suficiente para boicotear la elaboración de una reseña convencional. Pero el traspié no impide transcribir y publicar las siguientes reflexiones sobre el estreno más reciente de Clint Eastwood, y sobre un eventual «prócer» del cine norteamericano.

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Salvo excepciones como Los imperdonables y Los puentes de Madison, las películas de Eastwood se pretenden críticas, lacónicas aunque ricas en matices, y sin embargo son fábulas menos burdas que las producciones made in Hollywood pero igualmente condicionadas por estereotipos y por una indisimulable intención pedagógica/aleccionadora.

Películas de Eastwood, citadas en este postA veces por solemnidad formal, a veces por corrección política, a veces incluso por patriotismo, Clint termina relativizando la crítica prometida. Dicho de otro modo, la evolución de personajes como Kowalski en Gran Torino o Butch Haynes en Un mundo perfecto repara cualquier daño que el guión y la cámara hayan podido causarles al ciudadano y a la sociedad estadounidenses.

Si al principio representa a un típico veterano de guerra xenófobo, resentido, afecto al gatillo fácil, Walt tiene luego la oportunidad de redimirse en todos los planos: como vecino displicente, después tolerante, después defensor de los extranjeros de al lado; como ex soldado consciente de las iniquidades que su país comete en épocas intervencionistas y bélicas; como mediador solitario dispuesto a inmolarse por la paz.

Entre las dos versiones estereotipadas de este ciudadano americano descendiente de polacos, Gran Torino juega con otras tipificaciones que buscan representar el famoso «melting pot» estadounidense: los hijos, nueras y nietos anglosajones; el sacerdote irlandés; el peluquero italiano; los vecinos chinos; la pandilla de chinos; otras pandillas compuestas por negros y latinos.

La sobriedad que muchos ven en Eastwood está más cerca de cierta unidimensionalidad -o, dicho de una manera más gráfica, de la escasez de trazos, capas, tonalidades- que de un verdadero ascetismo narrativo. De hecho, films como Million Dollar Baby y en menor medida Río místico prueban esta preferencia por personajes arquetípicos y reiterados (por ejemplo, los padres y hermanos de la boxeadora Maggie Fitzgerald tienen varios defectos en común con los Kowalski Jr.) pero cuyas historias sí abundan/redundan en giros, vueltas, cambios cargados de significación.

A medida que pasa el tiempo, las fábulas de Clint se asemejan cada vez más a un gran cliché novelado y se apartan del modelo de relato sobrio, conciso, original y creíble. Prueba de este fenómeno es la proliferación de guiños evidentes, incluso previsibles: en Gran Torino, Walt primero le exige al sacerdote que lo llame por el apellido (así comprobamos la faceta más recia, reacia y antipática del protagonista) y después por el nombre (así confirmamos que el protagonista está en tren de sensibilizarse/concientizarse/solidarizarse). 

De esta manera, el trabajo de Eastwood sigue ganando puntos desde una perspectiva pedagógica pero sufre un notable desgaste en términos cinematográficos. Ante semejante desequilibrio, cuesta reconocer el talento maduro que críticos y espectadores casi-casi veneran.

En cambio, cuanto mucho, es posible vislumbrar a un nuevo prócer que la industria y el público se empecinan en esculpir, en homenaje a una carrera más prolífica (e irregular) que verdaderamente reveladora y genial.