Astérix en los juegos olímpicos

Afiche del film de Forestier y LangmannLos lectores fanáticos de Astérix coincidirán en que la «bande dessinée» de René Goscinny y Albert Uderzo supo destacarse, entre otras cosas, por un sentido del humor ocurrente, experto en anacronismos, y por una capacidad de síntesis a prueba de relatos indigestos y/o interminables. Curiosamente (o no), ambas virtudes brillan por su ausencia en la adaptación cinematográfica que llegó a Buenos Aires a principio de año y que desilusionó a quien suscribe, seguidora a ultranza del simpatiquísimo galo de papel.

Astérix en los juegos olímpicos es el típico ejemplo de megaproducción internacional cuya parafernalia promete mucho más de lo que su guión (vacuo) ofrece. El desequilibrio entre forma y contenido se convierte entonces en un fenómeno casi imposible de remontar, y a veces difícil de tolerar.

A priori, la película de Frédéric Forestier y Thomas Langmann cuenta a su favor con 1) una animación computada capaz de recrear al mínimo detalle los paisajes del pueblito resistente; 2) efectos especiales a la altura de los mejores golpes y caídas provocados por la poción mágica; 3) una constelación de estrellas cinematográficas (Gérard Depardieu, Alain Delon, Santiago Segura) y deportivas (Zinédine Zidane, Michael Schumacher, Tony Parker) pensada para encandilar al público farandulero.

Historietas, fuentes de inspiración desaprovechadasLamentablemente ninguna de estas tres fortalezas logra compensar -siquiera disimular- las falencias de un relato excesivamente largo, anclado en gags previsibles y actuaciones forzadas (qué lástima, José García). A lo sumo podemos festejar cuando Obélix catapulta a un romano, cuando un guepardo envenenado pierde sus manchas, cuando Bruto se «pincha y desinfla» en pleno lanzamiento de jabalinas, cuando César/Delon menciona a Rocco y sus hermanos, o cuando un centurión descubre una espada luminosa made in Star wars.

Sin embargo, al margen de estos supuestos aciertos, resulta imposible ignorar que el dúo protagónico aparece eclipsado por el triángulo que conforman Lunatix, Bruto y el gran emperador. Ni siquiera la ductilidad de Depardieu lo salva al entrañable Obélix del ocaso narrativo.

Astérix en los juegos olímpicos se inspira apenas (nótese el «apenas») en la historieta homónima y en Astérix el galo, ejemplar que plantea el secuestro de Panoramix a manos del ejército ocupacionista. Lejos de enriquecer la trama cinematográfica, la combinación entre ambos números la extiende con alfileres, y pone en evidencia el vacío conceptual de un film incapaz de rendirle los debidos honores a una obra de veras magistral.