El lector

El lectorAunque en competencia por los premios OscarThe reader (se supone que aquí se llamará El lector) no tiene fecha de estreno prevista para la cartelera porteña. Su ausencia en nuestra agenda cinematográfica llama la atención, no sólo por su condición de película nominada sino porque su director Stephen Daldry también filmó Billy Elliot y Las horas, con buena acogida entre el público local. ¿Tal vez haya que esperar a los resultados del inminente 22 de febrero para adivinar cuándo tendrá lugar el eventual desembarco en la Argentina?

Si hubiera que ubicarla en un acotadísimo ranking imaginario, esta historia de amor ambientada en la posguerra ocuparía un segundo puesto, por debajo de la fábula sobre el niño bailarín y por encima del prolongado ejercicio alegórico dedicado en parte a la figura de Virginia Wolf. Es que, en términos comparativos, este drama romántico carece del dominio de los tiempos narrativos que distinguió a Billy… pero al menos logra esquivar la carga excesivamente intelectual(oide) que desestabilizó a Las horas.

La falta y el mérito parecen responsabilidad de David Hare, encargado de adaptar la novela de Bernhard Schlink. Quizás el costado menos acertado de este largometraje podría haberse evitado si el guionista hubiera cerrado la historia antes del desenlace fijado. Por ejemplo, podríamos pensar en un final destinado a señalar la terrible paradoja de quien prefiere condenarse injustamente antes que asumir la vergüenza de una falencia inofensiva.

En cambio, habrá que reconocer el tino con el que Hare (y Daldry, por supuesto) desarrolla(n) la primera parte de la película, que recrea los recuerdos de adolescencia del protagonista Michael Berg. En este punto, cabe destacar la actuación del joven David Kross, cuya entrega supera el trabajo de la nominada Kate Winslet y del casi siempre igual a sí mismo Ralph Fiennes.

Al margen de su segunda mitad algo cuestionable, El lector corre el riesgo de provocar irritación entre los espectadores cansados de asistir al particular revisionismo histórico que cierto tipo de cine hace últimamente del nazismo*. En este sentido, la propuesta aquí comentada comparte con títulos como el ya reseñado Cuatro minutos la intención de referirse a la barbarie hitleriana a partir de ciertas consecuencias indirectas -a escala personal- que tienen lugar en el presente o, en este caso, en un pasado más reciente (los años ’60).

No obstante, aún con sus defectos a cuestas, The reader supera a otros dramas candidatos en la gran competencia por los Oscar. Tarde o temprano, debería estrenarse en Buenos Aires, aunque más no sea para que el público local termine de convencerse sobre el (estrecho) abanico cinematográfico con el que pretende oxigenarse/nos la célebre academia hollywoodense.

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* A raíz de este fenómeno, causa «gracia» descubrirlo a Bruno Ganz (el derrotado Adolf Hitler de La caída) en la piel de un abogado, profesor universitario, que busca concientizar a sus alumnos sobre la problemática moral/ética en tiempos del Holocausto.