El club de los corazones rotos

El club de los corazones rotosEl club de los corazones rotos suena a película para adolescentes, como aquélla que hizo famosa a la troupe integrada por Rob Lowe, Emilio Estévez, Demi Moore, Judd Nelson y Andrew McCarthy entre otras promesas de Hollywood, o como esta otra más reciente que confirmó las sospechas sobre el escaso talento actoral de Britney Spears. A simple vista, el film escrito y dirigido por Greg Berlanti podría encajar en la categoría teen (después de todo recrea los avatares amorosos que padece un grupo de jóvenes amigos); el tema es que -pequeño detalle- los protagonistas en cuestión son gay.

El paralelismo es similar al que existe entre The L word y Melrose place. De hecho, ambas series cuentan, de manera «soap-operística», las idas y venidas amorosas, amistosas, profesionales de un grupo de amigos/vecinos. La gran diferencia es que la primera gira en torno a mujeres lesbianas.

Dicho esto, El club de los corazones rotos ofrece algunos puntos a favor, más allá de la intención de complacer a un público específico (homosexuales de entre 15 y 30 años) y de su tendencia a deslizar moralejas varias (sobre la amistad, el amor y la condición gay). Por lo pronto, algunos espectadores encontramos en el sentido del humor de Berlanti el aspecto más destacable.

Los «cartelitos escritos» cuyas definiciones presentan los distintos capítulos del largometraje le quitan solemnidad a un relato autorreferencial -al menos salpicado por una voz en off en primera persona- y víctima de figuras argumentales trilladas: la muerte/viudez como marco ideal para probar la existencia del amor eterno; la adicción a las drogas como consecuencia nefasta del amor malentendido; el alejamiento provisorio como instancia necesaria para comprender el valor del amor que se cree perdido.

Otra cuestión destacable es la elección de un elenco homogéneo, cuyos integrantes logran esquivar la típica caricatura del varón gay amanerado. En este sentido, cabe mencionar la participación de (¿ex?) ídolos juveniles como Zach Braff, Timothy Olyphant y Dean «Superman» Cain.

Es una pena que Berlanti le haya dedicado poco espacio a Patrick (Ben Weber), el personaje menos carilindo, más acomplejado, más conflictuado y por lo tanto más explotable en términos narrativos y actorales. Pero, en fin, detalles como éste nos recuerdan que El club de los corazones rotos es casi-casi una película teen, incompatible con tribulaciones y personajes profundos.