The mentalist

The mentalistPara quienes no somos fanáticos de las series policiales made in USA, The mentalist suena a más de lo mismo. Un producto que intenta abrirse paso entre CSI, Cold case y la también flamante Eleventh hour con miras a copar el codiciado horario que los entendidos llaman «prime time». Sus creadores parecen apostar a una fórmula que muchos considerarán original, pero la nueva propuesta emitida por Warner Channel combina viejos trucos que tantos otros podemos desarticular.

Simon Baker resulta convincente como editor fanfarrón, y también como paisajista de bajo perfil. Ahora el ascendente actor australiano vuelve a mostrarse cómodo en la piel de Patrick Jane, detective californiano a veces soberbión, a veces modesto, siempre enigmático y seductor.

El recurso del investigador que esconde un secreto propio es un viejo truco, doblemente efectivo cuando se sospecha que el misterio en cuestión está ligado a algo oscuro, non-sancto. Salvando las distancias de rigor, vale el ejemplo de la muy superior Prime suspect cuya última temporada explotó «el otro lado» de la deteriorada teniente Jane Tennison.

La capacidad de observación del protagonista es otro gancho que suele caracterizar al género policial desde los tiempos de Sherlock Holmes. A los guionistas de The mentalist no sólo les sirve para justificar desenlaces un tanto tirados de los pelos (total, por más atentos que estemos, los televidentes nunca veremos lo mismo que Jane) sino para reforzar la intención de un título dispuesto a jugar con nociones de parapsicología.

Lo paradójico de este juego es que, en realidad, el especialista rubio no es mentalista. En el mejor de los casos, es un psicólogo capaz de radiografiar a colegas, víctimas y sospechosos en función de indicios casi imperceptibles.

La nueva serie de Warner Channel apuesta a otros trucos reconocibles. Entre ellos, la promesa de algún flirteo interno (por «interno» entendemos «en el seno del equipo policial») y los -siempre esperados- roces entre el protagonista y un superior burocrático, inseguro, envidioso, menos talentoso (como dicen por ahí, «el que sabe, sabe, y el que no… es jefe»).

Dadas estas circunstancias, quienes no somos fanáticos de las series policiales made in USA tenemos pocas chances de encontrar en The mentalist algo que nos sorprenda, que no seduzca, que nos convenza. Por lo tanto, habrá que seguir buscando si queremos dar con alguna propuesta digna del espacio vacío que otro psicólogo catódico -mucho más avezado, y legítimamente enigmático- supo colmar y, hasta su regreso, liberar.