El rinoceronte y la paloma

La reflexión para inaugurar 2009 es más o menos la siguiente…
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Zoológico de Bs. As. El rinoceronte, a punto de embestir a la paloma.

Vamos al zoológico con la ilusión de recuperar cierta porción de naturaleza perdida, dispuestos a olvidar (al menos por un momento) la vorágine urbana, decididos a ignorar (por un rato nomás) los avatares de la condición humana, y de repente sorprendemos a un animal cuya mirada o actitud nos resulta curiosamente familiar, como inspirada en el comportamiento de nuestra propia especie.

La foto que ilustra este post remite a ese momento revelador. En este caso, al instante en que el rinoceronte y la paloma abandonan su status exclusivamente bestial para convertirse en protagonistas de una fábula que bien podría haber escrito Jean de La Fontaine en el 1600, o de una posible adaptación para niños de la sátira que Eugène Ionesco publicó a mediados del siglo pasado.

Podemos repasar las lecciones impartidas por National Geographic o Discovery Channel. Podemos recordar que este tataranieto de la fauna prehistórica padece estrabismo, y que por eso suele arremeter contra todo lo que se le cruza por el camino (pájaros incluidos). Sin embargo, el fenómeno de la embestida parece hecho a medida para elucubrar metáforas más o menos evidentes sobre (in)conductas malintencionadas e inexcusables.

Por lo pronto, salta a la luz el paralelismo entre -por un lado- La Fontaine, Ionesco, el rinoceronte y la paloma en cuestión y -por el otro- cierto andar arrogante de los hombres y mujeres que habitan el suelo argentino. De hecho, abundan las situaciones y anécdotas de la vida cotidiana y de la política nacional que enfrentan a atropelladores y atropellados, avasalladores y avasallados, abusadores y abusados, aplanadoras y aplanados.

El gran problema es que los compatriotas distentimos a la hora de establecer criterios ecuánimes para distinguir entre rinocerontes y palomas. A veces ni siquiera logramos un acuerdo en cuanto a cuál de los dos animales -cuál de los dos comportamientos- es condenable (es cierto que el mastodonte embiste, pero también es cierto que ¡el plumífero osa cruzársele!).

A lo mejor, entre tanto proyecto, compromiso, desafío agendado para el novísimo año, la tarea de analizar cuánto tenemos de rinoceronte y de paloma sirva como primer paso para que los argentinos por fin abandonemos la práctica del atropello y para que, con suerte, dejemos de ser una fauna a veces tan asmilable a la fauna que sólo deberíamos visitar y contemplar.