RocknRolla

RocknRollaAl igual que sus antecesores, 2008 se despide de manera deslucida en cuanto a estrenos cinematográficos. Quizás la propuesta más interesante sea el documental Fados de Carlos Saura pero, en términos de ficción, el panorama deja bastante que desear. Ni siquiera la promocionada RocknRolla (promocionada en parte porque su desembarco en Buenos Aires tuvo lugar poco después de que su realizador Guy Ritchie se divorciara de Madonna) eleva la puntería de quienes distribuyeron películas tan decepcionantes como ésta y esta otra.

Habrá que esperar a febrero para volver a ver títulos prometedores, o al menos afines a la programación que precede la ceremonia de los Oscar (mal que nos pese, siempre queremos llegar informados a la entrega de las célebres estatuillas). Mientras tanto, será cuestión de consolarnos o resignarnos; en esta ocasión podemos pensar que algunos espectadores sabrán disfrutar del cinismo y la acción de un «enfant terrible» británico.

«Enfant terrible» hasta cierto punto, es decir, sólo en función de sus mejores trabajos: Juegos, trampas y dos armas humeantes y Snatch: cerdos y diamantes. Pero, en fin, lo cierto es que su estilo/estética sigue vendiendo entre quienes gustan del género de acción especializado en ironizar sobre la ambición por el dinero, en enfrentar a distintas facciones mafiosas o delictivas, y en convocar a una mujer bella, osada e inteligente (aquí interpretada por Thandie Newton) para que patee el tablero.

Curiosidades de la vida conyugal, Ritchie termina corriendo el mismo riesgo que su ex esposa: me refiero a la posibilidad de convertirse en su propia parodia. De hecho, a esta altura da la sensación de que la combinación entre violencia, rock y sarcasmo pierde efectividad. No sólo porque, en términos pofesionales, equivale a repetirse a sí mismo, sino porque, desde una perspectiva más amplia, la fórmula de RocknRolla aparece como una adaptación inglesa de Quentin Tarantino y/o como una vuelta de tuerca innecesaria a otras producciones británicas mucho mejor logradas.

Quienes no sucumban ante el ¿encanto? de Ritchie encontrarán que su último film es híper-verborrágico, con un relato en primera persona por momentos insoportable y con flashbacks que ponen de manifiesto la escasísima capacidad de síntesis. En el mejor de los casos, los espíritus voluntariosos valorarán la actuación del siempre versátil Tom Wilkinson y la única escena de sexo, destacable por su poder de abstracción y sutileza.

Lo demás suena a más de lo mismo… y a un fin de año que en términos cinematográficos se despide de manera deslucida, igual que sus antecesores.