El último gran mago

El último gran magoOjalá El último gran mago sea la última gran producción que la meca del cine les dedica a los expertos en pases, varitas, serruchos y conejos. Al menos por un tiempo prudencial, el necesario para terminar de digerir el combo hipercalórico que se anunció a fines de 2006 con las casi simultáneas El ilusionista y El gran truco. Dicho de otro modo, la película de Gillian Armstrong termina de colmar la paciencia de los cándidos que creímos en la capacidad de Hollywood para superar al Anthony Blake de Bill Bixby o al Harry Houdini de Tony Curtis.

Nobleza obliga, la de Gillian Armstrong es una película prolija. Con buena reconstrucción de época, buenas actuaciones (la niña Saoirse Ronan se destaca especial y nuevamente), buena iluminación, buenos efectos especiales.

Sin embargo, la propuesta no intriga, no entretiene, no emociona, mucho menos cautiva. A lo sumo, los espectadores asistimos a un pequeño fragmento de vida del enigmático Houdini (un Houdini más atormentado que aquél interpretado por Curtis) y en el mejor de los casos podemos apreciar cierta química entre los co-protagonistas Guy Pearce y Catherine Zeta-Jones.

Por lo visto, los guionistas Tony Grisoni y Brian Ward parecen haber «picoteado» entre los géneros biográfico, romántico y de suspenso. Quizás por este coqueteo indefinido, el relato resulta tan híbrido, tan insípido… tan aburrido.

Death defying acts es el título original -por cierto, muy prometedor- del largometraje aquí reseñado. Sin dudas, le queda muy grande a la ¿última? y ¿gran? «producción mágica» made in Hollywood.