Madonna en River

Sweet & sticky Tour en River«Los últimos serán los primeros y los primeros, últimos», advierten los Santos Evangelios. Habrá que suponer entonces que los espírirtus adelantados, expeditivos o simplemente puntuales merecen un destino adverso, algún castigo impuesto por la Justicia divina. En principio derivada de la lógica, la deducción encuentra pruebas contundentes en la cuarta entrega del recital de Madonna en Buenos Aires. Sucedió el pasado 8 de diciembre, día inolvidable para aquella otra célebre mujer que los cristianos también elegimos venerar. 

Sobre llovido, mojado
Mala suerte para quienes compramos las primeras entradas con el fin de asistir al Sweet & Sticky Tour en la cancha de River. La agenda oficial nos reservó el exclusivísimo sábado 6, pero la fatalidad -o la numerología, quién sabe– quiere que nuestra cita se postergue dos días y 72 minutos.

Lejos de hacerle honor a su mitad british, la reina del pop no sólo cambia las fechas según su cronograma ajustado sino que aparece en escena a las 22.12 en lugar de a las 21.00, como estaba programado (por segunda vez). En esta oportunidad la ex chica material no pide disculpas; mucho menos llora.

Las lágrimas caen, en cambio, del cielo plomizo. En poco tiempo, quienes nos creímos primeros ahora no sólo nos descubrimos últimos, sino también desplazados, aplazados y -se sabe- sobre llovidos, mojados.

Dios (y los lampazos) salve(n) a la Reina
Maria-Louise Ciccone tiene coronita. Por eso se permite llegar tarde a la función. Por eso irrumpe con pose y bríos monárquicos. Primero repatingada en un trono giratorio, luego escoltada por un Rolls Roys blanco.

Mientras tanto, dos o tres vasallos serpentean en el piso y lo friegan con grandes trapos y toallas para borrar todo rastro de agua y humedad. Lo que impresiona de estos hombres vestidos de negro no es su frenesí (comprensible cuando están para evitar posibles resbalones) sino su sombría horizontalidad.

Madonna, de pie, frente al micrófono. Atrás, al ras del suelo, camuflados entre el par de botas de cuero, se arrastran estas criaturas ajenas al escenario, al elenco inestable, al futuro DVD que las cámaras están filmando.

La corte de los milagros
La reina de la industria discográfica se impone gracias a una parafernalia pocas veces vista. Parafernalia de luces, coreografías, y edición sonora que crea la ilusión de virtuosismo, poderío y magnificencia.

En honor a la verdad, resulta imposible no sucumbir ante la pelea de boxeo de «Die another day», ante las enormes gotas y burbujas virtuales que empapan al piano de «Even the devil wouldn’t recognize you», ante la orquesta a lo Emir Kusturica que reversiona «La isla bonita», ante la edición de imágenes de «Get stupid», o ante la animación cuya banda sonora combina los ritmos del viejo hit «Rain» con el himno «Here comes the rain again» de Eurythmics.

El problema es que, cuando los músicos, los bailarines, el karaoke (por no decir playback), las luces, los videosclips pre o re-grabados y las estrellas invitadas ceden talento y protagonismo, la diva del tecno pierde pie. Se agita, se tensa, titubea, incluso desentona. Por eso enseguida reclama la asistencia de su corte, pues su corte es la verdadera hacedora de milagros.

Transgresión automática
El rito del beso lésbico. El rito de los dedos acariciando el pubis. El rito de la palmadita en la nalga. El rito del contoneo sensual/sexual. El rito de arengar al público al grito de «motherfuckers». El rito de la proclama política-religiosa.

Es cierto. Madonna cumple con sus fans; les da lo que quieren y esperan. Pero -también es cierto- la concesión invita a la reiteración y la reiteración anula la transgresión. Entonces, lo que alguna vez se promocionó como impulso provocador ahora aparece como un déjà vu a esta altura trillado.

Cuando a la automatización se le suman otros mecanismos repetidos (el guiño argentinísimo con las canciones de la ópera Evita; la forzada interacción con los espectadores a partir de coros ocasionales y del acuerdo para rememorar «Like a virgin»; los movimientos por momentos espasmódicos, por momentos robóticos, por momentos gimnásticos), el recital se reduce a una sucesión cronometrada de temas y representaciones. No mucho más.

Especulaciones alrededor del trono
Cuesta imaginar a una Madonna dispuesta a retirarse, a abdicar, ni siquiera a legar. Sin embargo, el despliegue compulsivo, vertiginoso -en ocasiones agresivo- del Sweet & Sticky Tour revela la proximidad de un final no deseado, por todos los medios disimulado, postergado, en principio burlado. 

Sin embargo, ni los músculos tonificados, ni el rostro pulido, ni el gesto arrogante, ni la melena al viento, ni la ropa sugerente impiden que, de a poco, Su Alteza empiece a convertirse en parodia de sí misma. Lo más triste es que, muy probablemente, en cuestión de (escasos) años, también empiece a confundirse entre aquellos últimos que alguna vez supieron ser primeros.