Ceguera

¿Hasta qué punto nos conviene retomar la discusión bizantina sobre la (in)fidelidad con la que el Séptimo Arte adapta obras literarias? ¿Hasta qué punto debemos creer en la supuesta condición cinematográfica de un libro, en este caso, Ensayo sobre la ceguera? ¿Hasta qué punto podemos digerir las licencias narrativas que guionistas y directores -ahora Don McKellar y Fernando Meirelles- se toman en sus versiones para la pantalla grande?

Difícilmente disfrutemos de Blindness quienes leímos la novela original de José Saramago. Por un lado, nuestra mente debe lidiar con preguntas como las mencionadas en el párrafo anterior. Por otro lado, poco podemos hacer para esquivar el paralelismo que se impone entre el formato escrito y el audiovisual. Dicho mal y pronto, la experiencia resulta agotadora. 

Para empezar, en la pantalla grande nos encontramos con una ciudad cosmopolita -por no decir híbrida- que pierde protagonismo en comparación con la sociedad portuguesa, rígida y estamental, que describe el libro. Aunque McKellar y Meirelles se esfuerzan por sugerir las diferencias económicas y culturales que separan a los personajes, al film le falta recrear el trasfondo social tan presente en el texto y tan fundamental en una fábula sobre una epidemia perturbadora, masificadora y aleccionadora.

En esta oportunidad, el cine abandona los relieves y texturas propios de la literatura, y en cambio magnifica los defectos y virtudes de los personajes. El relato se vuelve entonces estereotipado y las caracterizaciones, trilladas (basta con ver los roles de prostituta y villano asignados a -vaya sorpresa- los latinos). Hasta el uso de luces y fondos blancos termina saturando (¿hace falta insistir tanto en el tipo particular de ceguera padecida?).

En este contexto deslucido, quien más se destaca en términos actorales es Julianne Moore, quizás porque su personaje es el más matizado, el menos unidimensional a pesar de tratarse de la heroína sensata, aguerrida y salvadora. En cambio, como en otras producciones, aquí también cuesta creerle al inexpresivo Mark Ruffalo. Y qué decir de Gael García Bernal y de Danny Glover, limitados por roles que les quedan chicos.

Para terminar, nada más pertinente que señalar el final apresurado, desabrido, que se propone resolver el cúmulo de conflictos en un santiamén, a partir de la cura de uno de los personajes secundarios. Da la sensación de que McKellar y Meirelles quisieron relativizar el planteo moral de la prosa de Saramago y por eso optaron por un cierre tan light como toda esta versión edulcorada de una -en realidad- pesada fábula existencialista.

¿Hasta qué punto nos conviene retomar la discusión bizantina sobre la (in)fidelidad con la que el Séptimo Arte adapta obras literarias, o podemos creer en la supuesta condición cinematográfica de un libro, o debemos digerir las licencias narrativas que guionistas y directores se toman en sus versiones para la pantalla grande? En función de cómo respondamos a estas preguntas, los espectadores podremos/sabremos (o no) disfrutar de BlindnessCeguera.