Es muy fácil

Es muy fácil. Escuchamos la palabra «Napalpí», la buscamos en Google, y en cuestión de segundos la encontramos asociada a la palabra «masacre». También damos con links pertenecientes a los ultraconsultados Taringa y Wikipedia o a los más específicos Aborigen Argentino y Sobre Historia, y de paso descubrimos –aquí y aquí– versiones periodísticas del hecho.

Es muy fácil. Leemos expresiones como «asesinados a machetazos» o «degüello de heridos» y frases como «mataron a 200 hombres mujeres y niños», «se le extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de batalla” o «los colocaron por sus esfínteres, atravesados por grandes estacas, con los cuerpos todavía moviéndose», y enseguida nos distanciamos del schock inmediato con frases no muy elaboradas, es cierto, pero políticamente correctas: «cómo puede ser», «qué barbaridad» y «pobre gente».

Aborigenes como éstos fueron victimas de la masacre de Napalpi

Es muy fácil. Buscamos datos precisos, objetivos según nos enseñaron, y hallamos consuelo en fechas (19 de julio de 1924), comunidades (tobas y mocovíes) y lugares (Chaco, Quitilipi, Napalpí) lejanos, ajenos a nuestra realidad mediatizada, porteña y contemporánea.

Es muy fácil. Repasamos noticias recientes, fotos de viajes y caemos en la cuenta de que la masacre de Napalpí es apenas un antecedente más que explica la existencia de una Argentina aún hoy racista, violenta, explotadora.