Carmina Burana según Urlezaga

La versión de Carmina Burana que Iñaki Urlezaga estrenó en el Teatro Ópera el viernes pasado sólo se replicó en otras dos funciones, el sábado y domingo subsiguientes. Con justa razón, es probable que muchos lamenten la fugacidad de un espectáculo que retoma la obra de Carl Orff con un estilo moderno no sólo en términos coreográficos sino escénicos. Pero quizás los seguidores del bailarín platense se consuelen cuando lean que su ídolo es quien menos se luce en una puesta que les otorga protagonismo al cuerpo de ballet, a dos coros y a los cantantes Laura Rizzo, Pehuén Díaz Bruno y Alejandro Meerapfel.

El Coro Estable, el Coro de Niños y la Orquesta Estable del Teatro Colón le hacen honor a esta cantata reconocida por uno de sus movimientos fundamentales (los documentales de TV se encargaron de explotarlo hasta el hartazgo). Lo mismo debe decirse de los mencionados soprano, contratenor y barítono cuyos solos ponen la piel de gallina, y del llamado «Ballet Concierto» liderado por la figura estrella y la primera bailarina Eliana Figueroa.

Desde el punto de vista de la danza, se destacan el coreógrafo Jean-Pierre Aviotte y el experto en breakdance cuyo nombre cuesta distinguir en el programa y encontrar en la Web. Sin dudas, lo más interesante de esta particular reposición consiste en la sugestiva combinación de gestos, pasos, giros, saltos, en ocasiones acrobacias y espasmos del baile contemporáneo o, dicho de otro modo, en la acertada manera de resolver -con intención de actualidad- situaciones, sensaciones, sentimientos retratados en el pasado.

En honor a la verdad, el acento puesto en lo contemporáneo resulta excesivo por momentos. Me refiero sobre todo a la utilización de una pantalla grande que, como parte del decorado, pretende ilustrar las piezas musicales. En este sentido, algunos espectadores podemos encontrar que el plano detalle de una ruleta de casino en funcionamiento desvirtúa la magia de un trabajo que en principio parece apostar a la fantasía del público.

En la función del sábado algunos fallas con los micrófonos también le restaron (escasos) puntos a una propuesta que muchos imaginamos impecable. Otro aspecto discutible -en el sentido literal del término, como sinónimo de debatible- compromete directamente a Urlezaga, a partir de cierta dificultad a la hora de congeniar precisión técnica y pura pasión.

En otras palabras, da la sensación de que al príncipe heredero le cuesta transmitir la entrega, el amor, la energía que los reyes Bocca y Guerra siempre derrocha(ro)n en sus presentaciones. No obstante, esta última apreciación absolutamente subjetiva y cuestionable no impide que la Carmina Burana de Urlezaga sea un espectáculo virtuoso, recomendable, capaz de renovar, revitalizar y resignificar tan hermosa cantata compuesta 81 años atrás.