Naturaleza muerta

¿Qué les sucede a los hombres expulsados de su hábitat y arrojados a las fauces de la urbanización? ¿Cuál es el precio de la modernización en un país todavía signado por contrastes geográficos, poblacionales, culturales? ¿En qué medida sufren, se pierden, intentan adaptarse (en algunos casos, sobrevivir) a una arquitectura, una ingeniería, una economía que se caracterizan por renegar de la escala humana? De manera metafórica, en absoluto panfletaria, Naturaleza muerta ensaya una respuesta a estas preguntas, y de paso retrata al gigante chino en plena transición entre el ayer maoísta y el hoy globalizador.

Las ruinas, el desencuentro, la desolación, la incomunicación son los protagonistas omnipresentes de las tres historias que cuenta el director y guionista Jia Zhang-ke: la historia del minero que busca a su ex mujer; la historia de otra mujer que busca a su esposo ejecutivo; la historia de personajes anónimos involucrados en/afectados por la construcción de la monumental represa de Las Tres Gargantas ubicada en la ciudad de Yichang.

Pasado, presente y futuro conviven en un mismo escenario conformado por viejas construcciones en proceso de demolición, excavaciones arqueológicas, grandes explanadas y luminarias, y hasta una pequeña plataforma desde donde despega un cohete ficticio. La escena final, que muestra a un obrero caminando cual funámbulo por un cable extendido entre dos edificios destruidos, remite a la situación de (des)equilibrio que atraviesan los habitantes de una localidad literalmente arrasada por las exigencias del llamado -y siempre relativo- «progreso».

Desde la perspectiva de la narrativa convencional, la fotografía y las actuaciones son el plato fuerte de un film que -en realidad- transgrede (o ignora, por decirlo de un modo diplomático) las reglas del cine comercial. De ahí que la verdadera estrella de Naturaleza muerta sea su guión. Guión que confía en la mirada del cinéfilo como herramienta activa, participante, inteligente y no como mero decodificador de escenas pre-digeridas.

Probablemente porque nos obliga a abandonar el rol de espectadores cómodos y acostumbrados, aún quienes disfrutamos de títulos orientales igualmente atípicos, incluso crípticos (pienso por ejemplo en Café Lumière y en El secreto del bosque), podemos sentirnos abrumados al principio, cuando nos sumergimos en el fresco propuesto por Zhang-ke. La sensación de letargo se parece a la que padecen los habitués de los menúes light cuando excepcionalmente comen un plato nutritivo, contundente, exótico.

Lo importante es que, una vez superado el trance, la experiencia resulta enriquecedora, sobre todo porque nos invita a seguir reflexionando sobre el destino de los hombres y mujeres arrojados a las fauces de la urbanización, y sobre el costo de la modernización cuando es tan brutal.