Mamma mia!

Gran parte de los nacidos a principios de los ’70 sentimos debilidad por ABBA. O bien porque sus canciones nos retrotraen a nuestra infancia (¿quién no escuchó «Chiquitita» con un biberón al lado?) o bien porque, de una manera menos personal, remiten a un pasado cada vez más remoto y, al menos para los espíritus nostálgicos, más entrañable. Coincidentemente, a las industrias disco y cinematográficas se les da cada tanto por rendirle tributo al exitoso cuarteto sueco. Lo hizo el australiano P.J. Hogan cuando filmó la ocurrente El casamiento de Muriel; lo hicieron los impulsores de los efímeros A-teens; lo hizo la mismísima Madonna cuando retomó fragmentos de «Gimme! Gimme! Gimme! (a man after midnight)» para su canción «Hang up».

La mencionada debilidad hace que los incondicionales de Agnetha, Björn, Benny y Anni-Frid toleremos homenajes de dudosa calidad e incluso intencionalidad. Claro que todo tiene un límite…
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Cuesta rescatar algo de Mamma mia!. En principio podría pensarse en la banda de sonido, siempre y cuando no nos pongamos exquisitos y evaluemos el desempeño vocal de los protagonistas (cuánto esfuerzo en vano, el de Sam Carmichael/Pierce Brosnan). Los amantes de la naturaleza podrán señalar la selección de exteriores (playas de arena blanca y mar turquesa), siempre y cuando no se enteren de la superposición entre costa griega y costa californiana. Habrá quienes encuentren que las secundarias Julie Walters y Christine Baranski ofrecen las actuaciones más frescas en una comedia que paradójicamente se distingue por su falta de chispa y espontaneidad.

Al margen de estas salvedades enumeradas con buena voluntad, la película de Phyllida Lloyd hace agua por todos lados. Quién sabe si otro casting habría podido remontar el guión de Catherine Johnson, que vacila entre el vaudeville (para eso, conviene mirar Playa Marisco) y un compilado de videoclips (para eso, mejor VH1). Lo cierto es que un pretendido «dream team» como el que conforman Meryl Streep, Colin Firth, Stellan Skarsgård y el mencionado Brosnan, Pierce Brosnan es incapaz de revertir -siquiera disimular- las falencias presentes en otra producción de Tom Hanks.

Probablemente éste sea uno de los trabajos menos logrados de Meryl. Cantar, canta (si lo sabremos quienes vimos la emotiva Noches mágicas de radio); en cambio -creer o reventar- tiene problemas con la actuación. Una actuación edulcorada, estereotipada, exagerada, impostada. Sin matices; con estridencias. Muy marcada; sin un ápice de versatilidad.

Entre Firth, Skarsgård y Brosnan, quien más pierde es el primero, en parte porque su Harry Bright es el personaje más ridiculizado, en parte porque -se supone- es el actor más dúctil de los tres, y por lo tanto el más vulnerable a tanto maltrato. Ante semejante infortunio, cabe aclarar en nombre de cierta ecuanimidad que el novio de Bridget Jones es quien menos canta, y por consiguiente quien menos destroza las creaciones de ABBA.

Una vez terminada Mamma mia!, mientras pasan los créditos, los espectadores asistimos a una suerte de bonus track (bienvenida sea la jerga discográfica) que consiste en un mini-show de dos canciones interpretadas por Streep, Walters, Baranski, Firth, Skarsgård, Brosnan, y que incluye un cameo del alma mater Björn Ulvaeus. A lo mejor, si la dupla Johnson-Lloyd le hubiera aplicado a la película el mismo sentido del humor que a este material extra, otro habría sido el cantar del film, o al menos de esta reseña.