La escafandra y la mariposa

Habrá que apostar a Julian Schnabel la próxima vez que se inspire en algún relato autobiográfico para contar la vida (o un episodio de vida) de un escritor. Como prueba de confianza, basta con constatar la evolución que este cineasta neoyorkino protagonizó en siete años, entre la adaptación cinematográfica de Antes que anochezca y la reciente recreación de La escafandra y la mariposa. De hecho, la segunda película se distingue de la primera por un mayor nivel de compromiso y por un halo poético que supera la intención de fábula con moraleja.

Reinaldo Arenas y Jean-Dominique Bauby coinciden en ser contestatarios, luchadores, sobrevivientes. El autor cubano se rebela contra el régimen de Castro, combate la discriminación, la persecución, la censura, y gracias a su obra sobrevive al exilio y al mismísimo sida. Por su parte, el jefe de redacción de la revista Elle se rebela contra el accidente cerebrovascular fulminante que le tocó en suerte, combate el pesimismo y la desesperación, y gracias a su obra sobrevive a la parálisis, al aislamiento, a la mismísima muerte.

Sin embargo, Schnabel aborda a sus protagonistas desde una perspectiva distinta. Por lo pronto, en su segundo film abandona el afán testimonial (la mera intención de crónica) y se permite bucear por el interior, la psiquis, el alma del personaje. De ahí el uso de la cámara subjetiva, acompañada por el relato en primera persona con voz en off*.

Por un fenómeno de empatía, los espectadores nos convertimos en Jean-Do. Nuestra visión es limitada; incluso sufrimos en carne propia la oclusión del ojo derecho y las molestias en el izquierdo cuando las lágrimas lo empañan. También nos asomamos a lo que esa memoria y esa imaginación ajenas a la parálisis pergeñan para escaparle al cautiverio de la enfermedad.

Como en Reyes y reina y en La cuestión humana, aquí también Mathieu Amalric prueba que ningún papel le queda grande. En esta ocasión, el actor francés hace gala de un notable dominio corporal ya que la mayor parte del tiempo debe mantenerse inmóvil, con el rostro crispado, y sin otro recurso que el de aferrarse al único ojo sano de Bauby para expresarse.

Mención aparte merece la participación del prolífico, a esta altura «milenario», Max von Sydow. Dicho sea de paso, qué bien se mantiene este veterano del cine internacional que supo encarnar -entre tantísimos roles- al Padre Merrin en El exorcista, al malvado Emperador Ming en Flash Gordon y al caballero en duelo con la Muerte para su compatriota Ingmar Bergman.

La escafandra y la mariposa tiene el mérito de conmover no tanto a partir de la tragedia o de las enseñanzas que podamos extraer de la experiencia de Jean-Do, sino a partir de diversas metáforas construidas alrededor de la condición humana. En contra de lo que algunos puedan imaginar, ésta no es una película deprimente sino un emotivo homenaje a la vida. 

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* En un mismo sentido, esta co-producción franco-norteamericana también se distingue de Mar adentro, film del español Alejandro Amenábar que narra, con más cronología y menos poesía, el calvario de Ramón Sampedro.