La princesa y el guerrero

Como la conmovedora Contacto y la irregular Bernard y Doris, La princesa y el guerrero pertenece al subgénero romántico que bien podría llamarse «roto para descosido». De hecho, la película de Tom Tykwer -también artífice de las exitosas Perfume. La historia de un asesino y Corre, Lola, corre– cuenta el encuentro entre los disfuncionales Sissi y Bodo. Fiel al rubro, el film no sólo nos permite asistir al triunfo de Cupido sino que nos convence de que el amor es obra exclusiva del destino.

Hay algo de folletín o de telenovela en este tipo de películas. Se nota, desde el punto de vista narrativo, en los obstáculos iniciales que sugieren la inviabilidad de una relación feliz, en la tenacidad de los personajes a la hora de enfrentar la adversidad, en el desenlace que promete continuidad con perdices.

Lo propio del mencionado subgénero también está presente. Me refiero sobre todo a la condición de antihéreoes -en muchos casos y en éste en particular, de borderline– de los protagonistas y al contraste entre personalidades que, en contra de lo que aventuramos, termina uniendo a la futura pareja.

Franka Potente y Benno Fürmann son absolutamente convincentes en tanto asistente de un psiquiátrico y ex soldado desempleado. Ambos explotan las aristas más pintorescas (también entrañables) de sus alter egos ficcionales sin necesidad de recurrir a la interpretación estereotipada ni afectada. Probablemente por eso, logran transmitir humanidad más allá de ciertos vericuetos narrativos cuyo melodrama le quita frescura al relato.

Quizás ése sea el defecto principal de La princesa y el guerrero: cierta carga emocional exagerada que corre serios riesgos de empalagar, aún a quienes estamos dispuestos a ver oootra película sobre rotos y descosidos.