Un novio para mi mujer

Un novio para mi mujer

Quienes hayan visto Con quién caso a mi mujer (Mr. Wonderful era el título original) hace unos quince años encontrarán que la recientemente estrenada Un novio para mi mujer no es tan original como en principio parece. De hecho, en aquella comedia romántica de Anthony Minghella, Gus (Matt Dillon) también se empecinaba en buscarle novio a su ex esposa (Annabella Sciorra) para sacársela de encima y también terminaba dándose cuenta de que su amor -a priori apagado- en realidad permanecía intacto, «encendido» en honor a la metáfora.

Sin dudas, la gran diferencia entre ambas películas pasa por una cuestión de solemnidad. Por lo pronto, el director argentino Juan Taratuto elige retratar los avatares de la pareja a partir de un sentido del humor más desarrollado que el de su colega norteamericano. En parte por eso la historia del Tenso y la Tana entretiene mucho más que la de aquel electricista separado y su ex.

Además influyen las actuaciones. Por un lado, y con todas los reparos del caso, Adrián Suar supera a Dillon en términos de simpatía congénita e incluso -por qué no- de interpretación (en este punto, quien suscribe se permite confesar su debilidad por el factotum de Pol-ka que sigue insistiendo en actuar aún a sabiendas de sus insalvables limitaciones). Por otro lado, Valeria Bertuccelli confirma su ductilidad y convierte a su personaje en el gancho más grande del film (fenómeno que no sucede con la irregular Sciorra).

Metido entre la pareja protagónica, Gabriel Goity aporta su cuota «entradora», canchera si se quiere, y de esta manera acentúa la intención de mero divertimento que no pretende mucho más. Desde este punto de vista, la hilacha aleccionadora que el guión de Pablo Solarz muestra por momentos (me refiero a ciertas reflexiones que el Tenso y la Tana comparten durante una sesión de terapia) pasa casi desapercibida, o irrita menos que otros trabajos.

Dicho esto, es posible que los espíritus más o menos quisquillosos pongan el grito en el cielo ante determinados detalles como la publicidad subliminal del diario Clarín o la forzada y breve intervención de Guillermo Francella (especie de cameo que, en cambio, algunos televidentes festejarán). Ante la eventual indignación, conviene recordar que Un novio para mi mujer es -ante todo- una propuesta pensada para hacernos pasar un buen rato.

Con la debida predisposición, los cinéfilos encontrarán la manera de disfrutarla y, en última instancia, de profundizar la comparación con aquel otro largometraje que rescata este post. En este sentido, el clásico juego de las diferencias puede resultar bastante revelador.