El hombre del año

El hombre del año

El hombre del año desembarcó en los videoclubes locales en mayo de 2007, sin nunca haberse estrenado en las salas de cine del circuito comercial. Probablemente nuestros distribuidores hayan encontrado que la película escrita y dirigida por Barry Levinson nos aportaría poco y nada a quienes ya vimos otras sátiras políticas made in USA (pienso sobre todo en El ciudadano Bob Roberts y en la menos buena Colores primarios) y les resultaría indiferente a los espectadores confiados en la sacrosanta democracia norteamericana. En caso de que esta especulación fuera cierta, habrá que subrayar el tino del pronóstico.

Aunque de una manera menos burda, la propuesta de Levinson comete el mismo pecado que Idiocracia y que Muriendo por un sueño (dicho sea de paso, films también descartados por los administradores de nuestra cartelera). En otras palabras, estas tres producciones coinciden en operar un doble juego que consiste en, por un lado, señalar ciertas taras de la sociedad estadounidense y, por el otro, inocular esas mismas taras en un discurso supuestamente crítico que termina degenerándose en fábula aleccionadora.

El guión de El hombre del año corretea entre la comedia, el thriller y el romance para por fin saltar hacia un cúmulo de lugares comunes sobre la honestidad, la justicia, la legalidad, la legitimidad y la gobernabilidad. Así la intención inicial de provocación desaparece cuando la invitación a imaginar a un cómico como Tato Bores elegido Presidente de la Nación desemboca en la elaboración de un folletín sobre un humorista que se reconcilia con su verdadera vocación y que (re)descubre el éxito, el amor y la felicidad.

Lo mejor de este largometraje son justamente los monólogos del protagonista Tom Dobbs, la retórica encargada de señalar las arbitrariedades y contradicciones del statu quo norteamericano. Aunque corra el riesgo de saturar con su verborragia y sus impostaciones habituales, Robin Williams aparece como la figurita ideal para este álbum.

Algo similar sucede con Christopher Walken. De hecho, quienes esperamos reencontrar su faceta cínica, sus pasitos de baile (esta vez, mientras permanece sentado en una silla de ruedas) quedamos satisfechos después de verlo en la piel del manager Jack Menken.

Lo peor de este largometraje responde a las derivaciones de un guión cursi, previsible, conciliador. Entre ellas, figuran las actuaciones poco convincentes de la irregular Laura Linney y del siempre indigesto Jeff Goldblum.  

En 1998 las salas porteñas proyectaron Mentiras que matan, sátira política que nuestros distribuidores consideraron digna de un estreno oficial. No se equivocaron: esta otra película dirigida (aunque no escrita) por Levinson entretuvo al público local. Curiosidades del anecdotario cinematográfico: diez años más tarde, su sucesora corre una suerte muy (muy) distinta.