Peter Capusotto y sus videos

Peter Capusotto y sus videos

De lejos uno de los mejores programas de nuestra malograda televisión abierta, Peter Capusotto y sus videos se destaca por varios motivos. Primero, porque prueba que una creación original, inteligente, entretenida puede prescindir de grandes presupuestos. Segundo, porque demuestra que un canal público -en este caso Canal 7– es un ámbito propicio para la innovación y el éxito. Tercero, porque los sketches pergeñados por Diego Capusotto y Pedro Saborido consiguen trascender la pantalla chica para desembarcar en YouTube, en la blogósfera, incluso en Facebook con la ocurrente aplicación Capusottitos.

Por si estas tres razones no alcanzaran, existe un cuarto factor que sacude no sólo a nuestra caja boba sino a nuestra cultura popular. Me refiero a la osadía de abordar el rock nacional (a veces también el internacional) con humor, picardía, ironía y hasta irreverencia, pero al mismo tiempo con un dejo de reconocimiento en definitiva más efectivo -y, por qué no, más noble- que muchos homenajes solemnes, en ocasiones fallidos.

De paso, cañazo, la excusa de la música viene como anillo al dedo para ridiculizar ciertos aspectos de nuestra idiosincrasia (pienso en la mentalidad fachistoide del hitleriano/charlygarciano Micky Vainilla), de nuestra historia (insuperables, los videos «protagonizados» por Juan Domingo Perón), de nuestra realidad mediática (a modo de ejemplo, basta con citar los episodios dedicados a la versión satanizada de canciones famosas).

Como en Cha cha cha y en Todo por 2 pesos, Capusotto se revela en tanto conocedor del discurso televisivo (de ahí su capacidad para parodiarlo permanentemente) y en tanto amante del absurdo (ocurrencias como la del avión que entra y sale del estudio así lo confirman).

De esta manera la tercera temporada de su programa no sólo sigue sumando adeptos entre la gente más joven; también convoca a quienes adoramos las viejas andanzas compartidas con Alfredo Casero, Fabio Alberti y Mex Urtizberea entre otros «enfants terribles» capaces de combinar la cultura under con la careta menos tilinga y bobalicona de nuestra malograda televisión.