Los falsificadores

Los falsificadoresA esta altura, cuesta encontrar una película que recree la barbarie nazi de manera original, es decir, que muestre algo nuevo bajo el sol. A lo sumo y desde hace algún tiempo, películas como El noveno día, Sophie Scholl y la aquí comentada Los falsificadores buscan escaparle al esquema tradicional de alemanes malos versus judíos buenos para demostrar -con razón- que el holocausto fue una tragedia mucho más compleja, irreductible a un enfrentamiento acartonado entre el bien y el mal.

De hecho, los tres films hablan más que nada de la condición humana en situaciones límite dentro de un mismo contexto: la Alemania de Hitler. Así, mientras el título de Volker Schlöndorff se concentra en el drama de la delación forzada, el de Marc Rothemund gira en torno al dilema cívico de la resistencia, y el de Stefan Ruzowitzky mete el dedo en la llaga de la colaboración pactada.

En los tres casos, el desafío principal consiste en mostrar la tensión entre, por un lado, el instinto de conservación, inherente a nuestra naturaleza animal, y por el otro el intelecto, la sensibilidad, la moral propias de nuestra humanidad y capaces de privilegiar convicciones y valores por encima del objetivo de supervivencia. Por lo pronto, en Los falsificadores Salomon Sorowitsch y Adolf Burger son los personajes encargados de explicitar el planteo.

Aunque sabe esquivar el mencionado esquema de alemanes malos versus judíos buenos, Rothemund no consigue evitar del todo los estereotipos. Es que, así como Sorowitsch y Burger se mantienen en sus trece sin demasiadas dudas ni contradicciones, los SS Herzog y Holst representan al nazi oportunista y al nazi bruto respectivamente de manera lineal o unidimensional.

Que conste. Esto no es responsabilidad de los actores Karl Markovics, August Diehl (a quien, casualmente, también vimos en El noveno día), Devid Striesow y Martin Brambach, todos muy convincentes. Probablemente el origen de la falla se encuentre más bien en el guión de Stefan Ruzowitzky, adaptación del libro que el mismísimo Burger escribió y publicó en 1983.

Más allá de sus limitaciones, Los falsificadores conmueve por la contundencia de ciertas escenas (pienso en la «liberación» del campo de concentración), por la cuota autobiográfica (siempre impresiona constatar que acontecimientos como los aquí narrados efectivamente ocurrieron) y -observación exclusiva para el público argentino- porque nuestro país adquiere cierto protagonismo (a partir de referencias directas y a partir de la banda sonora).

Dicho esto, vale la pena insistir en las preguntas deslizadas en la reseña sobre La cacatúa roja, otra película alemana que también propone un repaso histórico (aunque de tiempos un poco más recientes), y reflexionar sobre la pertinencia de un cine interesado en multiplicar las versiones/interpretaciones de un ayer en principio perimido pero, al parecer, imposible de digerir.