Reflexiones sobre la negritud

Ayer fui a la Plaza de Mayo para respaldar a una Presidenta electa que no voté, que no me convence, que a veces me exaspera, pero que -considero- debe terminar su mandato como indica nuestra Constitución. También asistí al acto convocado/organizado por el oficialismo, según insisten en señalar los grandes medios -o, mejor dicho, los medios grandes- para expresar mi oposición al «lock out agrario» (por identificar de una manera sintética a una práctica de desestabilización política, económica e institucional con múltiples aristas que no puedo analizar en un solo post).

A partir de la experiencia vivida durante esta movilización, se me ocurrió transcribir las siguientes reflexiones sobre lo que doy en llamar «la negritud».

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En una sociedad cuyos miembros más iguales que otros reivindican sus orígenes europeos y definen a la Argentina como el país blanco -o menos criollón- de Latinoamérica, la negritud desentona, perturba, irrita, violenta. Presten atención a su interlocutor universitario, profesional, ganadero, empresarial, industrial cuando pronuncie el sustantivo «negro(s)» a secas o las expresiones «negro(s) cabeza», «negro(s) de mierda«, incluso «negro(s) de alma»: verán que enseguida se le forma un rictus en la cara.

Para ser más precisos, el tic apenas perceptible se produce entre la nariz y el labio superior. Una crispación parecida a la que efectuamos cuando ingerimos u olemos algo en mal estado, vencido, nocivo, repugnante.

Es inmediato. La negritud provoca un rechazo a la vez epidérmico y visceral. Por eso no admite ninguna posibilidad de comunicación ni de acercamiento. Por eso, a los negros se los acusa, se los condena, se los excluye, se los echa, eventualmente se los mata, eso sí, siempre desde una distancia prudencial.

La otra gente del campo, ayer en Plaza de Mayo

A los negros se los condena por votar mal; a veces lisa y llanamente por cumplir con el deber de votar (ay, si contáramos con el voto calificado). A falta de condiciones necesarias para que puedan formarse como ciudadanos lúcidos, críticos, responsables, siempre existe la alternativa de proscribirlos o de revocar el resultado dudoso de elecciones a todas luces cuestionables.

Cuando se les ocurre militar en algún partido político, movimiento social o sindicato, si esa militancia molesta, a los negros se los persigue, se los censura, se los amenaza, se los desaparece, se los tortura, en ocasiones se los mata (de nuevo). A lo sumo, los negros pueden participar en la vida política nacional siempre que el combo bondi-gaseosa-choripán permita elaborar argumentos que demuestren su incapacidad para vivir en democracia.

Ahora bien, en situaciones extremas, los negros sirven. De ahí que, cuando los requiere, la Patria no duda en convocarlos como carne de cañón.

A los negros se los critica porque no quieren trabajar y porque usufructúan de los planes Jefes de Hogar. Los negros deberían aceptar sin chistar los empleos que los blancos les con/cedemos graciosamente (en ocasiones -vaya coincidencia- ¡en negro!), y abandonar el absurdo despropósito de imitar a quienes efectivamente viven de rentas… sin ningún interés en trabajar.

Dos carteles de protesta, ayer en Plaza de Mayo

Los negros no saben que está mal llevar a una manifestación una bandera de la chavista Venezuela y/o una pancarta con el rostro del Che. No se dan cuenta de que es mucho más cool salir a la calle con una gorrita de los Yankees o con una remera de la Sorbonne. Asimismo cabe preguntarse cómo se atreven a insistir con los bombos y las cornetas cuando están las cacerolas y las bocinas.

A los negros se los condena cuando ascienden socialmente porque -seguro- pisaron cabezas y porque -seguro- les robaron (y siguen robando) a los demás negros que quedaron abajo y a los blancos que nada tienen que ver. Por eso los Moyano o los Barrionuevo merecen un castigo mayor que los Alsogaray, los Martínez de Hoz, los Alemann, los Cavallo, responsables -entre otras estafas- de estatizar una enorme deuda corporativa privada para convertirla en deuda externa nacional, a cuenta de millones de argentinos.

Los negros escandalizan cuando hablan mal y de más, cuando escupen exabruptos, cuando malinterpretan la Constitución, cuando intervienen en tanto voceros/matones del Gobierno de turno. Sin dudas, les hace falta el asesoramiento de consultoras de prensa con experiencia en lavar imágenes, en pulir discursos y en disimular vinculaciones e intenciones turbias.

Ayer los negros volvieron a copar la Plaza de Mayo, su punto de reunión habitual. Esta vez no fueron mayoría aplastante porque también asistimos unos cuantos blanquitos desprovistos de panchos, gaseosas, bombos y pancartas.

Ellos y nosotros coincidimos, aunque sea durante unas horas, en un mismo lugar unificador. Mientras tanto, en el aire, más allá de la Plaza, en los medios, entre los vecinos caceroleros, entre los lobbyistas del campo, sigue subsistiendo, subyaciendo, imponiéndose el rechazo epidérmico y visceral a la muy peronista -ahora también kirchnerista- negritud.