El hombre que nunca estuvo

El hombre que nunca estuvoCuando la elogiada Sin lugar para los débiles se estrenó en marzo, algunos críticos saludaron este último trabajo de los hermanos Coen como un síntoma de recuperación luego de supuestos traspiés cinematográficos. Entre estos desaciertos se encontraría El hombre que nunca estuvo, película que Joel y Ethan rodaron en 2001, y que al parecer no mereció el aplauso del periodismo especializado. Como en otras ocasiones, el ejercicio de la comparación hace de las suyas: en este caso, minimizar las virtudes de un largometraje que -en contra de las voces expertas- vale la pena descubrir.

Sin dudas, este trabajo le rinde tributo al cine de antaño, por momentos al cine negro francés, por momentos a las buenas producciones hollywoodenses de los años ’50. La filmación en blanco y negro evidencia la intención de homenaje, además de la elección de una historia ambientada precisamente en una ciudad de California, a mediados del siglo pasado.

La importancia otorgada al contexto permite deslizar una crítica a la sociedad norteamericana, cuyas taras aparecen en todo su esplendor: desde la intervención de una Justicia miope y parcial hasta el protagonismo acordado a ciertos delirios metafísicos (en esta ocasión, relacionados con los OVNIs), pasando por la hipocresía que asoma detrás de un puritarismo pacato. 

Fieles a su estilo, los Coen vuelven a interesarse en un antihéroe, esta vez en un barbero taciturno, insatisfecho con su vida, que planifica una venganza mínima, casi inofensiva (a no confundir con la venganza colosal de otro barbero cinematográfico). Por otra parte, un poco como en Fargo, aquí también asistimos a la evolución de un chantaje banal que termina descarrilándose y convirtiéndose en una serie de muertes absurdas.  

Probablemente ésta sea una de las mejores interpretaciones de Billy Bob Thornton (por lo pronto el actor convence y conmueve con su composición de un Ed Crane lacónico, imperturbable, resignado). También se destacan Frances McDormand, James Gandolfini, Michael Badalucco y, en un rol pequeño pero determinante, Scarlett Johansson.  

Hasta cierto punto, es posible coincidir con la idea de que Sin lugar para los débiles es superior a El hombre que nunca estuvo. Sin embargo, esta distinción parece originarse en una cuestión de gustos o preferencias personales/ subjetivas antes que en criterios narrativos, técnicos, estéticos, objetivos. De ahí la imposibilidad -por lo menos para quien suscribe- de descalificar un trabajo que a todas luces sigue siendo digno referente del sello Coen.